Comunidad Cristiana Eben-Ezer: Sermones   Imprimir esta ventana

"UNA SEMANA DESPUÉS"

Un sermón del Pr. Joaquín Yebra.

Texto: Juan 20:19-29.

Jesús ha sido arrestado en el huerto de Getsemaní...

El brutal trato que Jesús ha recibido de parte de la soldadesca romana ya ha pasado...

Ha sido abofeteado, a puñetazos han amoratado sus ojos, su rostro está cubierto de sangre por la corona de espinas, y su cara está cubierta de esputos...

El pecho y la espalda han sido desencarnados por los latigazos...

Todo Él es una sola llaga...

También ha concluido el falso juicio de que ha sido objeto, con testigos falsos y toda clase de manipulaciones del maridaje político-religioso...

Los clavos ya han atravesado sus manos y sus pies...

La lanza ha atravesado su costado, ha pasado entre las costillas, y ha perforado el pulmón y el corazón...

Por eso ha salido "sangre y agua", hemorragia de sangre y pleura...

José de Arimatea y Nicodemo han desclavado el cuerpo de Jesús...

¡Estos dos discípulos son increíbles!

¡No se han identificado abiertamente como discípulos de Jesús durante su ministerio público, mientras realizaba milagros y sanidades, y enseñaba como nadie nunca antes lo había hecho!

Y ahora, cuando Jesús sólo es un guiñapo, un cadáver frío, se manifiestan públicamente como discípulos de Jesús ante las autoridades romanas, que son quienes tienen jurisdicción sobre el cadáver del reo.

Ha terminado también el sepelio en una tumba nueva, recién excavada en la roca...

Las mujeres discípulas han venido a la tumba...

Todo lo que Jesús tenía que hacer en esta tierra parece haber acabado...

Jesús ha resucitado...

Su misión terrenal ha terminado...

Su redención de los pecadores ha sido llevada a cabo...

La pregunta lógica es: ¿Y ahora qué?

Es el Evangelista Juan quien nos da una secuencia muy precisa de lo que sucedió después de estos acontecimientos.

Mientras que Mateo, Marcos y Lucas nos informan sobre la post-resurrección del Maestro, Juan es el más específico y detallado sobre cómo Jesús continuó su ministerio aquí en la tierra durante un tiempo después de la Cruz y la Resurrección.

Según Juan, nuestro Señor Jesucristo hace acto de presencia en una reunión familiar de los discípulos una semana después de haber resucitado de entre los muertos.

Lo hace en el mismo aposento alto donde había partido el pan con ellos durante la celebración de la Pascua...

Jesús no quería ascender a la diestra del Padre bendito hasta asegurarse de que todos los discípulos estaban bien seguros de la realidad de su Resurrección.

Juan nos dice en qué sentido aquel encuentro de Jesús con los suyos fue diferente de los anteriores:

Tomás, llamado también Dídimo, y que no había estado presente en los encuentros anteriores, ahora sí lo está.

Jesús viene a resolver las dudas de su discípulo Tomás...

Jesús ha sido y siempre será el Maestro, y todo buen maestro trata siempre de resolver las dudas de sus discípulos.

En este acto vemos una vez más que el Señor no quiere que ninguno de los suyos se pierda, sino que todos vengamos a la verdad de la salvación eterna.

No quiero que me malentendáis...

No estoy afirmando la falsa doctrina del "universalismo", que enseña que todos seremos salvos por la eternidad, no importa si hemos sido fieles o no...

Lo que estoy afirmando con la Biblia es que el Señor nos ama, y el deseo ardiente de su corazón es que todos procedamos al arrepentimiento y a la fe, por cuanto Él desea que pasemos toda la eternidad con Él.

Sin embargo, la responsabilidad de la elección es nuestra...

Tú puede escoger recibir a Jesús en tu corazón como tu único Señor y Salvador personal, eterno y todo suficiente, o bien puedes elegir rechazarle.

Pero el anhelo de salvar es tan grande en Jesús, que opta por no ascender a la gloria de la Majestad en las Alturas sin darle a su amigo Tomás Dídimo la oportunidad de entregarle su corazón.

Del mismo modo la Biblia nos dice que la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo no acontecerá hasta que todas las generaciones determinadas por Dios hayan tenido la oportunidad de escuchar el Evangelio.

¿Por qué? Porque el Señor bendito no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedamos al arrepentimiento del pecado y a la fe en Jesucristo.

Permitidme también señalar que Tomás estuvo a punto de perderse esta oportunidad por haber abandonado el compañerismo cristiano...

No estar congregado con los suyos le había privado de la bendición de haber visto al Señor resucitado...

Por eso había dudado.

Hermanos, la bendición de congregarnos va más allá de lo meramente aparente...

Ahora bien, yo sé que hay hermanas y hermanos que afirman que uno no es salvo por asistir a los cultos y reuniones de la iglesia...

Estoy completamente de acuerdo con ellos y ellas, pero afirmo con las Escrituras que los discípulos más firmes son aquellos que no dejan de congregarse, como algunos tienen por costumbre...

Y es más, conozco a quien por años se ha dedicado a enseñar que no era tan importante congregarse, y ahora no se congrega, ha perdido el compañerismo cristiano, y aunque no perderá la salvación por ello, no tengo la menor duda en afirmar que su firmeza y estabilidad en el Señor deja mucho que desear.

Me decía un amigo bien gordo que había decidido seguir una dieta sana que le permitiera vivir con calidad de vida hasta que el Señor le llamara a su presencia...

Y me decía que no quería estar entre personas pesimistas y negativas que constantemente le estuvieran diciendo que aquella dieta no le iba a funcionar, y que lo mejor que podía hacer era dejarla...

Mi amigo me decía que él quería estar entre aquellos que le animaban a seguir adelante con su dieta, perder kilos superfluos y adquirir una vida de mayor calidad.

Agregaba mi amigo que le gustaba hablar con aquellos que ellos mismos habían logrado perder el peso superfluo.

Lo mismo he escuchado de labios de alcohólicos rehabilitados, ex-fumadores y ex-toxicómanos...

También he escuchado a muchos decir que asisten a la iglesia por la gente, mientras que otros que se creen más exclusivistas afirman que asisten a los cultos de la iglesia "por el Señor", a pesar de la gente...

A unos y a otros les digo con la Biblia que asistimos a la iglesia "con las personas", no "por ellas" ni "a pesar de ellas".

Conozco también a quienes afirman que en las iglesias hay murmuradores, mentirosos e hipócritas...

Y yo afirmo con ellos que efectivamente los hay...

Pero también los hay en tu casa de vecindad, en tu urbanización, en el trabajo, en el taller, en la escuela, en la universidad, en el supermercado, en el parlamento, en la sede del gobierno de la nación, y en tu familia y la mía...

Pero por eso no dejo de vivir en mi casa, no abandono mi trabajo, no dejo mi ciudadanía ni renuncio a mi familia...

Antes bien, lo que he decidido ha sido entregar mi corazón a Jesucristo y formar parte de una iglesia, aunque haya en ella algunos mentirosos e hipócritas, para pasar toda la eternidad con el Señor en un Reino donde no habrá mentirosos ni hipócritas, ni adúlteros, ni violadores, ni asesinos, ni ladrones, ni estafadores, ni traidores, ni murmuradores, ni detractores de sus hermanos...

Pero volvamos a nuestra historia con Tomás Dídimo...

Cuando considero su reacción y su respuesta, me siento verdaderamente impresionado...

Tratemos de visualizarlo...

Los otros discípulos se encuentra con Tomás y le relatan que Jesús el Maestro verdaderamente es el Mesías, y que ha resucitado de entre los muertos y está vivo...

La respuesta de Tomás nos suena sospechosa y cargada de dudas:

"Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré." (Juan 20:25b).

Tomás está diciendo también bajo estas palabras que lo que sus compañeros le estaban diciendo era lo que ellos habían visto, no lo que alguien les había contado, y, por consiguiente, él pedía para sí mismo un trato semejante.

En otras palabras: Tomás Dídimo está diciendo que él no ha tenido la oportunidad de creer, porque no ha recibido el beneficio de ver al Señor con sus propios ojos y palparle con sus propias manos...

"Estuve con Él cuando dio de comer a la multitud, igual que vosotros..."

"Estuve con Él cuando sanó a los enfermos, igual que vosotros..."

"Estuve con Él cuando dio la vista a los ciegos, igual que vosotros..."

"Estuve allí con Él cuando limpió a los leprosos, igual que vosotros..."

"Estuve allí con Él cuando levantó a Lázaro de entre los muertos, igual que vosotros..."

"Si esperáis que yo tenga el mismo entusiasmo y alegría que vosotros por haber visto resucitado al Maestro... Si esperáis que lo deje todo y dedique mi vida por entero a predicar el Evangelio que Jesús nos enseñó, y arriesgar mi vida por el Señor, e incluso a dar mi vida por Él, entonces debo tener la oportunidad de experimentar lo que vosotros habéis experimentado..."

¿Por qué?

"Porque seguramente muchos me preguntarán cómo sé yo que el Maestro ha resucitado y está vivo, y yo no quiero tener que decirles que yo lo sé porque tú, Simón Pedro, me lo contaste, o porque se lo oí decir a Juan o a Santiago..."

"Yo quiero poder decir a quien me haga esa pregunta que yo sé que nuestro Señor vive porque yo le he visto por mí mismo..."

Hermanos amados, después de que nuestro Señor Jesucristo ascendiera a los cielos, a la diestra de la Majestad en las Alturas, sigue siendo posible para nosotros tener un encuentro con nuestro Señor por medio de su Santo Espíritu...

Y tiene que ser de manera personal...

No por medio de ritos o sacramentos de las iglesias, sino un encuentro con Él de forma personal e íntima...

Sólo entonces podrás ser un instrumento para que alguien pueda también tener un encuentro personal con nuestro Señor...

Sólo entonces tendrás poder para sacar a alguien del arroyo...

Para liberar a alguien de la esclavitud del alcohol y otras drogas...

Para procurarle un trabajo...

Para devolverle la dignidad que él o ella haya perdido, o que la sociedad le haya "ayudado" a perder...

Sólo entonces comprenderás el por qué del afán y la alegría por distribuir tratados evangelísticos, donar para el sostén de misioneros, apadrinar niños, regalar Biblias, sostener a obreros, abrir nuevos puntos de testimonio donde se nos presenta la oportunidad...

Porque habrás entendido que de esa manera muchos podrán decir que no creen por lo que les han dicho otros, sino porque han visto al Señor en sus vidas.

Pero volvamos de nuevo a nuestra historia con Tomás Dídimo...

Tomás no está dudando de Jesús, como tantos han enseñado, sino de sus compañeros.

Es como si Tomás dijera: "Os conozco lo suficiente como para no basar mi vida solamente en vuestras palabras."

"Natanael, te conozco y sé que tienes prejuicios y no crees que nada bueno pueda salir de Nazaret... Me acuerdo de tus palabras, cuando Felipe te dijo: "Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret." Y tú respondiste: "¿De Nazaret puede salir algo de bueno?" Entonces Felipe te propuso: "Ven y ve"...

"Pues eso mismo es lo que quiero yo ahora... Ver por mis propios ojos..."

"Felipe, a ti también te conozco, de modo que no te las des de "creyente"... Me acuerdo de cuando le pediste a Jesús que nos mostrara al Padre, y que eso nos bastaría." (Juan 14:8).

Santiago y Juan, vosotros también me sois conocidos... Me acuerdo cuando utilizasteis a vuestra madre para tratar de conseguir posiciones privilegiadas con el Maestro en el Reino que ha de venir..."

"Pedro, ¿te has olvidado que negaste al Maestro tres veces?"

"Si voy a predicar el Evangelio de un Salvador resucitado, no quiero basar mis sermones en lo que vosotros me hayáis contado... Quiero hablar desde mi propia experiencia."

Y la Biblia nos cuenta que a la semana siguiente Tomás había tomado la decisión de no dejar de congregarse, y por eso se encontraba allí, en el aposento alto, con sus hermanos y compañeros.

El Evangelista Juan es muy preciso en su descripción de la llegada de nuestro Señor Jesucristo resucitado:

"Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros." (Juan 20:26).

¿Cómo pudo entrar Jesús en aquel aposento alto con las puertas cerradas?

Antes de que te aventures a dar una respuesta, sea desde la fe o desde la duda o la increencia, permíteme que te recuerde algunas cosas que una puerta cerrada no puede evitar que penetren:

El frío, la miseria, la enfermedad, la depresión, un corazón atribulado, la muerte...

Si una puerta cerrada no puede evitar que penetren estas cosas, entre otras, tampoco pueden las puertas cerradas evitar que Jesús de Nazaret resucitado penetre en aquel aposento alto, ni en cualquier otro aposento, comprendido tu corazón y el mío...

Después de todo, Jesucristo mismo es la respuesta a esta pregunta:

"Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos." (Juan 10:9).

"Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan." (Mateo 7:13-14).

"He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo." (Apocalipsis 3:20).

Jesús se aproxima a Tomás Dídimo y le dice con muy pocas palabras que ahí está para mostrarle lo que sus hermanos ya habían visto, para que él también pudiera dar un testimonio de primera mano:

"Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente." (Juan 20:27).

Lo que sucede a continuación es lo que más me impresiona...

La reacción y la respuesta de nuestro hermano Tomás Dídimo:

"¡Señor mío, y Dios mío!" (Juan 20:28).

Tomás nunca llega a hacer lo que él mismo había dicho que tendría que hacer por sí mismo para creer...

Tomás rechaza su propio criterio...

Eso es lo que sucede a todo aquel que experimenta un encuentro con Jesucristo y rinde su vida al Señor...

Los criterios propios dejan lugar a la Palabra de Dios...

Tomás no mete sus dedos en el lugar de los clavos, ni mete su mano en el costado de Jesús...

Sólo le basta con ver al Señor para exclamar: "¡Señor mío, y Dios mío!"

Ahora bien, no quiero terminar sin deciros que esta expresión de Tomás tiene un sentido doble que no debe pasarnos inadvertido:

"Señor mío" significa que Jesús tiene dominio sobre mi vida...

Por eso puedo confiar en Él...

Puedo seguirle...

Puedo subordinarlo todo a Él...

Puedo fiarme de Él con todo mi corazón...

Puedo estar a su lado...

Y puedo depender de Él siempre y en todo.

No puedo esperar eso de vosotros, de mis hermanos, del mismo modo que vosotros no podéis esperar eso de mí mismo...

Sólo Jesucristo nos ha amado, nos ama y nos amará como sólo Él puede hacerlo...

Pero puedo amaros con el amor con que Él me ama...

Puedo estar a vuestro lado porque Él está al lado de todos los suyos...

Puedo perdonar con el perdón que Él me da, sin que jamás yo lo merezca...

Y puedo esperar vuestro perdón sobre la misma base.

Podemos fiarnos del Señor con el corazón entero...

Él es nuestro Redentor...

Él es nuestro Salvador...

Él es nuestro Proveedor...

Él es nuestro Sanador...

No nos ha dejado huérfanos, sino que ha venido en persona, en la bendita Persona del Santo Espíritu de Dios...

El Espíritu del Padre y del Hijo...

El otro Consolador...

La segunda parte de la expresión de Tomás es "Dios mío"...

Esta expresión hace referencia a la eternidad, al supremo poder del Señor Jesús, el Verbo Encarnado, Dios con nosotros.

Cuando Tomás exclama "Dios mío", refiriéndose a nuestro Señor Jesucristo, está afirmando que incluso cuando nuestra vida en esta tierra deje de ser, nuestra relación con el Señor amado no terminará...

Dios no está circunscrito al tiempo y al espacio, como nosotros lo estamos, sino que su domicilio es la eternidad, lo cual significa que si Él es mi Señor aquí en la tierra, y mientras yo estoy en este cuerpo, también será mi Señor, tu Señor, por toda la eternidad.

Estoy agradecido por todo lo que el Señor ha hecho, hace y hará por mí en esta tierra, pero sé que lo que me espera en la eternidad, lo que nos espera en la eternidad, es infinitamente mayor y mejor.

Cuando mi cuerpo se debilite y sucumba a la tierra, Él estará esperando desde la otra orilla...

Cuando ya no pueda predicar y cierre mis ojos, Él estará esperándome en la otra orilla...

Cuando mi cuerpo vuelva al polvo, del cual fui constituido, Él estará esperándome en la otra orilla...

Cuando ya nadie tenga memoria de mí, Él estará en la otra orilla...

Y todo eso será así porque Él no sólo es mi Señor, sino también mi Dios...

Tomás Dídimo, sin palabras, o mejor dicho, con esta expresión "¡Señor mío, y Dios mío!" está diciéndole a Jesús que no ha necesitado meter su dedo en el lugar de los clavos, ni su mano en el costado del Maestro, sino que le ha bastado con mirar su rostro para convencerse de que el Señor es merecedor de nuestra adoración y obediencia, por cuanto Él es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.

Sólo basta con mirar a Jesús...

Tomás Dídimo creyó porque tuvo la oportunidad de ver a Jesús...

Pero Jesús anticipó que no todos tendríamos la oportunidad que Tomás tuvo...

El Señor ha establecido una bendición para todos cuantos no pudimos estar en el aposento alto en aquella gloriosa ocasión, una semana después de la Pascua...

Una bendición para cuantos no estuvieron con Tomás y los otros...

Una bendición para cuantos ni siquiera habían nacido aún...

"Porque me has visto, Tomás, creíste,; bienaventurados los que no vieron, y creyeron." (Juan 20:29).

Jesús afirma en este texto del Evangelio que tú y yo somos bendecidos...

Ni tú ni yo estábamos en el aposento alto aquel día...

Tampoco estuvimos a los pies de la Cruz del Calvario...

Ni estábamos entre el grupo de como quinientos hermanos ante los cuales el Señor Jesús resucitado ascendió glorioso en la nube de resplandor de la gloria de Dios hasta la Majestad en las Alturas...

No le vimos resucitado, antes de la ascensión, a la orilla del lago, ni comimos con Él pescado con pan y miel...

Pero Jesús ha afirmado que somos bienaventurados aunque no hemos visto como Tomás vio...

Y cuando Jesús afirma que somos bienaventurados, yo lo creo con todo mi corazón...

Y sé que esa bienaventuranza nada ni nadie jamás podrá robármela...

Cuando el Señor dice que eres bienaventurado, nadie podrá decir lo contrario, y si lo dijeran, no deberá afectarte el ruido de los incrédulos amargos y contenciosos...

Cuando el Señor afirma que eres bienaventurado-a, ningún murmurador podrá enturbiar tu relación con el Señor y con los hermanos fieles...

Cuando el Señor afirma que eres bienaventurado, ningún chismoso podrá robarte el gozo inefable de haber sido adoptado en la familia de Dios, al precio de la sangre preciosa de Jesús de Nazaret.

Eso jamás podrá dártelo el mundo, y tampoco el mundo jamás podrá robártelo.

¿Cuántos en este día y hora estaréis dispuestos a ponernos en pie y confesar a Cristo Jesús, llamándole "¡Señor mío, y Dios mío!"?

Amén.