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DIOS NO HABITA EN TEMPLOS HECHOS POR LAS MANOS DE LOS HOMBRES.

Isaías 66:1: “El Señor dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo?”

Introducción:

Estas palabras del Señor nuestro Dios deberían sonar en la conciencia de tantos hermanos y hermanas que siguen refiriéndose a sus lugares de culto como “templos”
Hermanos y hermanas que no reparan en gastos cuando se trata de acondicionar sus “templos”, mientras a su alrededor pasan penurias muchos hombres, mujeres y niños.
Con razón George Fox, disidente inglés (1624-1691), fundador de la “Sociedad de Amigos”, conocida por el apodo de los “Cuáqueros”, se refería a los edificios de las iglesias como el “gran ídolo”
Por cuanto un “ídolo” es algo que es venerado por la gente, y algo de lo que los hombres se sienten orgullosos.
Es por eso por lo que los grandes edificios para el culto, tales como las catedrales y otros monumentos que responde más al orgullo humano que a ninguna otra razón,  y que muchos continúan denominando “templos”, no son queridos por Dios, según el testimonio de las Sagradas Escrituras.
Y no son queridos por Dios porque sencillamente no son compatibles con el Dios Eterno que nos dice en su Palabra que “Él no habita en templos hechos de manos humanas”, sino que su gran anhelo es habitar en ti y en mí con Jesucristo en su Reino glorioso, para lo cual nos ha redimido por la sangre de Cristo y nos purifica por la obra del Espíritu Santo.

Hay una inmensa carga de sincera humildad en el testimonio de varios hombres de Dios en las Sagradas Escrituras respecto a la habitación de Dios.

Comenzaremos con el corazón de Salomón, quien se expresa en las palabras de su oración con motivo de la inauguración del Templo de Jerusalem:
1º Reyes 8:27: “Pero, ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?”
Estas palabras de Salomón están también recogidas en 2º Crónicas 6:18.
En el Nuevo Testamento, en el discurso de Esteban, antes de ser martirizado por su fidelidad a Jesucristo, leemos así el relato de la pluma de Lucas:
Hechos 7:46-50: “David halló gracia delante de Dios, y pidió proveer tabernáculo para el Dios de Jacob. Mas Salomón le edificó casa; si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano, como dice el profeta: El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? Dice el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?”
Ahora bien, en el siguiente versículo, Esteban hace mención a la causa, al origen, de la tendencia del hombre natural hacia la idolatría y el “templocentrismo”:
Hechos 7:51: “¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.”
Los cuerpos de los hombres y mujeres de cerviz endurecida, cuyos corazones y oídos no están circuncidados, es decir, quienes no están abiertos en obediencia a la voz del Santo Espíritu de Dios, no pueden ser “templos de Dios en el Espíritu”, y de ahí nace y brota la tendencia al levantamiento de edificios, cuanto más suntuosos mejor, para hacerlos “templos” de Dios.
Son igualmente esclarecedoras las palabras que el Apóstol Pablo dirige a la iglesia en Corinto:
1ª Corintios 6:19-20: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestros cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.”
Por eso es que aquellos hombres religiosos, devotos del “templo exterior”, en el que cifraban su gloria y orgullo nacionalista, no podían ver el verdadero templo de Dios que Esteban pudo contemplar mientras caía sobre su cuerpo aquella lluvia de piedras del odio de sus matadores:
Hechos 7:54-60: “Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra Esteban. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba  a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios. Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra Esteban. Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.”
Aquellos hombres, religiosos fanáticos y templocentristas, no pudieron ver al Dios que no mora en templos hechos de manos humanas, cuyo trono está en los cielos, y en la tierra el estrado de sus pies, porque el templocentrismo religioso va siempre de la mano de quienes resisten al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y que anhela darse a conocer en los corazones de los hijos e hijas de los hombres.
Del testimonio del Apóstol Pablo nos llegan también estas palabras esclarecedoras, pronunciadas durante su predicación del Evangelio en Atenas:
Hechos 17:23-25: “Porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO . Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.”
Los hombres que se resisten a la voz del Espíritu Santo, los que veneran la ciudad de Jerusalem y el Templo, con cerviz endurecida y corazones y oídos incircuncisos, que hacen acto de presencia en los días de Isaías, de nuestro Señor Jesucristo y de su siervo y hermano nuestro Esteban, al igual que en la vida del Apóstol Pablo, pueden al mismo tiempo ser perseguidores de sus hermanos, y hasta respirando amenazas y muerte martirizar a sus hermanos y conducirles a la hoguera…
Son quienes hasta el día de hoy asumen que se construyan catedrales y templos fastuosos con fondos de cualquier procedencia, pero no moverán un dedo por ayudar a sus hermanos necesitados.
Estos testimonios señalan claramente que el Dios Creador del Universo, y quien hizo todas las cosas que en él hay, quien es Señor de los cielos y de la tierra, no habita, no tiene su morada, en templos hechos por las manos de los hombres, sino que, como nos aseguran los profetas, nuestro bendito Salvador Jesucristo, y los apóstoles, “el cielo es su trono, y la tierra es el estrado de sus pies.”
Así lo confirma nuestro Señor Jesucristo al enseñarnos que no debemos jurar:
Mateo 5:34-35: “Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalem, porque es la ciudad del gran Rey.”

En la historia de la iglesia podemos ver cómo, en la medida en que se levantaron suntuosos templos, la gloria de Dios cesó de derramarse en los corazones de los hombres.

La cristiandad dejó de buscar la llenura del Espíritu Santo, quien es la gloria de Dios, para levantar catedrales, basílicas, oratorios y suntuosos templos, frecuentemente para marcar la propia gloria del hombre, so pretexto de alguna advocación religiosa.
Se alzaron monumentales templos para recordar sangrientas guerras, batallas basadas en la victoria de las armas del hombre contra su hermano el hombre.
Toda la cristiandad está vergonzosamente plagada por los llamados “templos” con cruces bélicas, estandartes militares, signos de las órdenes de caballería, y toda una larga caterva de parafernalia relacionada con la unión de la “cruz y la espada”, del “trono y el altar”, es decir, el derramamiento de sangre y la miseria de los pueblos sumidos en la ignorancia y la superstición…
Recuerdos edulcorados por los expertos en maquillar una historia que es un reguero de sangre, dolor y destrucción, de viudas y huérfanos, sobre los que los aparentes “dueños” de las patrias pretenden alzar sus banderas. 
Así se llegó a declarar la aberración de “cruzadas”, es decir, “guerras santas”, a enfrentamientos crueles entre hermanos, como tenemos el cercano ejemplo de nuestra Guerra Civil Española, con su pétreo mausoleo en el valle de “Cuelgamuros”, rebautizado como “Valle de los Caídos”, espantosa y discordante nota mortuoria de una guerra fraticida, que ensombrece la alegre Sierra del Guadarrama.
Ante la tendencia a convertir la fe de Cristo en una religión templocéntrica e idolátrica, el Apóstol Pablo ya tiene que advertir a los cristianos de Corinto al respecto:
 2ª Corintios 6:16: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.”
El desagrado con el que el Señor contempla la hipócrita religiosidad vana y provocadora de Jerusalem y su templo, se desprende claramente de las palabras que nos llegan del corazón de Dios a través del profeta Jeremías 32:30-34:
“Porque los hijos de Israel y los hijos de Judá no han hecho sino lo malo delante de mis ojos desde su juventud; porque los hijos de Israel no han hecho más que provocarme a ira con la obra de sus manos, dice el Señor. De tal manera que para enojo mío y para ira mía me ha sido esta ciudad desde le día que la edificaron hasta hoy, para que la haga quitar de mi presencia, por toda la maldad de los hijos de Israel y de los hijos de Judá, que han hecho para enojarme, ellos, sus reyes, sus príncipes, sus sacerdotes y sus profetas, y los varones de Judá y los moradores de Jerusalem. Y me volvieron la cerviz, y no el rostro; y cuando lo enseñaba desde temprano y sin cesar, no escucharon para recibir corrección. Antes pusieron sus abominaciones en la casa en la cual es invocado mi nombre, contaminándola.”
Jesucristo, nuestro único Señor, Redentor, Salvador, Mediador entre Dios y los hombres, y Cabeza de su Iglesia, nos advierte de la relación entre la suntuosidad templocentrista y el maltrato e ignorancia para con los pobres inocentes, y lo hace con suma claridad en Mateo 12:6-7:
“Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí. Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes.”
Y cuando los propios discípulos de Jesús, entusiasmados ante la grandiosidad del Templo de Jerusalem, todavía bajo el fausto programa de restauración y embellecimiento patrocinado por el rey Herodes, para ganarse el favor del pueblo, le señalan al Maestro la hermosura del Templo y sus dependencias, Jesús reacciona conforme al corazón de Dios y su Palabra:
Marcos 13:1-2: “Saliendo Jesús del templo, le dijo un o de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras y qué edificios. Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.”

De parte de Dios, solamente hay un constructor de su templo en la tierra, y ese es su Santo Espíritu:

Nuestro Señor nos ha dicho por los profetas y por su siervo Esteban, y por los apóstoles del Cordero, que el Dios que hizo los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay, no habita en templos hechos con manos de hombres, sino que los cielos son su trono y la tierra es el estrado de sus pies… Y nos ha preguntado si no sabemos que nuestros cuerpos son el templo del Espíritu Santo…”
Todo aquel que recibe la llenura del Espíritu Santo sabe que su cuerpo es templo del Espíritu…
Sabe que Jesucristo habita en su vida por el Santo Consolador enviado del Padre por Jesucristo para no dejarnos huérfanos…
Y sabe que Jesucristo glorificado, como Sumo Sacerdote del Orden de Melquisedec, intercede por nosotros desde el Santuario Celestial ante el trono de la Majestad en las Alturas.
Quien recibe, acoge, y se deja abrazar por el Espíritu Santo, sabe que podrá vivir siempre sin olvidar jamás que Dios es su Padre, que Jesucristo es su Hermano Mayor, y que el Santo Espíritu es el Consolador maternal que nunca nos abandona en el frío ni en la soledad.
Quien sabe esto se siente parte del pueblo de Dios, de su familia, todos los hijos e hijas de Dios, esparcidos por toda la redondez de la tierra, y juntos al final de los tiempos, en el Gran Día de Dios, cuando rompiendo los cielos se produzca el encuentro del Rey Jesús con sus redimidos de todos los tiempos y las latitudes.
Quienes tristemente desconocen esto, porque no lo anhelan y no lo buscan o no fueron instruidos, tienen sus metas puestas en esta tierra, en lograr para la iglesia –frecuentemente para “su iglesia” o “su denominación”— un lugar en el que sean aceptados en y por el mundo, siendo políticamente correctos, aunque tengan que cambiar y adaptar sus principios— para disfrutar de los beneplácitos y las prebendas de los “señores del sistema imperante”.
Sólo hay un constructor de la Iglesia de Jesucristo, y ese es el Espíritu Santo.
Incluso la veneración de las Sagradas Escrituras ha degenerado en lo que muchos han llamado y llamamos la “bibliolatría”.
Hay unas palabras de nuestro Señor Jesucristo, entre tantas otras, que suelen pasar inadvertidas respecto a la Palabra de Dios:
Juan 5:37-40: “También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto, ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis. Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida.”
Jesús no puede decirles más claramente a los religiosos de aquellos días, como a nosotros hoy, que la “vida eterna” no está en el Libro, sino en Él, en su Persona…
Que el Libro, las Escrituras, son valiosísimas porque dan testimonio de Él, pero eso no significa que le puedan substituir, reemplazar, ni mucho menos ocupar su lugar.
Por eso es que el Apóstol Pablo les aclara a los cristianos de Corinto que su competencia no proviene del estudio, de la “letra”, sino de Dios:
2ª Corintios 3:5-6: “No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, mas el Espíritu vivifica.”
Así podemos comprender las palabras de nuestro bendito Salvador en Juan 6:63:
“Las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son Vida.”
La Palabra de Dios por excelencia es el Santo Espíritu de Dios, por quien hemos recibido las Sagradas Escrituras, según las cuales hemos de juzgar todas las doctrinas y opiniones de los hombres.
Así lo dice el Apóstol Pedro en su 2ª Epístola Universal 1:21:
“Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.”
De este modo podemos comprender la causa por la que las autoridades judías, que poseían las Escrituras y las conocían y las interpretaban, resistieron, sin embargo, al Espíritu Santo y rechazaron a Jesucristo…
La “estrella resplandeciente de la mañana” no amaneció en los  corazones de aquellos sacerdotes y levitas, saduceos, fariseos, escribas y ancianos del pueblo, a pesar de poseer las Escrituras, sino que se confabularon entre sí contra Jesús de Nazaret, se unieron a los herodianos, a quienes odiaban, se sometieron al poder de Roma, y persiguieron a Jesús, fueron a arrestarle con piedras y palos como si sed tratara de un perro rabioso, le torturaron y escarnecieron y crucificaron, para después procurar hacer lo mismo con sus discípulos.
De esa misma manera, han sido innumerables quienes a pesar de tener las Escrituras en sus manos, erraron en sus juicios, por cuanto no brillaba en su corazón el resplandor inimitable del Espíritu Santo.

Conclusión:

Pudiera ser que algunos de vosotros nunca os hayáis preguntado por el significado de la iglesia.
¿Crees que Jesucristo derramó su sangre por un edificio o unas construcciones, por magníficas que puedan ser desde la perspectiva arquitectónica o artística, aunque se llamen “iglesias”?
¿Crees que Cristo Jesús entregó su cuerpo, su alma y su espíritu en la Cruz del Calvario por alguna de las organizaciones humanas con nombres de “iglesias” más o menos históricos, en los que tantos tienen cifrado su orgullo y gloria o su “modus vivendi”?
¿Crees que las iglesias son la “Esposa de Cristo”, santificada y purificada por el lavamiento del agua por la palabra?
¿Crees que Jesucristo tiene más de una “Esposa”?
¿Has caído, quizá inconscientemente o por arrastre, en creer en la blasfema y grotesca imagen de una “denominación”, cualesquiera, como si fuera la  “favorita” en un harén presidido por Jesucristo?
La Iglesia de Jesucristo es su pueblo, ni más ni menos, no un lugar de reunión ni una sociedad humana.
Dios no mora, no habita, en templos hechos de manos humanas, sino que habita y camina con sus hijos e hijas, los hermanos menores de su Hijo Jesucristo.
A caminar con Jesucristo es, pues, a lo que te invitamos en este día y hora…
A arrepentirte de tus pecados y a entregar tu corazón a Aquel que dio su vida por ti y por mí en la Cruz del Calvario, redimiéndonos del pecado y rescatándonos de nuestra vana manera de vivir.
El Señor quiere vivir en ti, hacer de ti un templo de su Santo Espíritu:
Juan 1:11-12: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.”
Amén.