CARTA DE INVITACIÓN A LA REFLEXIÓN A TODOS LOS EVANGÉLICOS DEL ESTADO ESPAÑOL EN GENERAL, Y A LOS BAUTISTAS EN PARTICULAR, A PROPÓSITO DE LAS POSIBLES SUBVENCIONES ESTATALES PARA LA OBRA SOCIAL DE LAS IGLESIAS EVANGÉLICAS.

“THERE’S NO SUCH THING AS A FREE MEAL”. (“NO EXISTE COSA TAL COMO UNA COMIDA GRATIS”). (Proverbio americano).

Amados hermanos: ¡La paz del Señor!

Después de la celebración de la Conferencia Regional de nuestra Comunidad Bautista de Madrid (12 de Febrero de 2005), y de la votación sobre el apoyo de la misma a Ferede, con relación a la constitución de un ente evangélico para la recepción de fondos estatales para proyectos sociales de las iglesias, queremos manifestar nuestra confusión y preocupación al respecto.

Primeramente, nos sentimos defraudados ante estos acontecimientos por no entender cómo podemos afirmar en nuestros principios nuestra postura sobre la separación de la Iglesia y el Estado, y al mismo tiempo, votar respecto a un posible plan de ayudas estatales para el desempeño de labores propias del ministerio cristiano, por cuanto entendemos que la “obra social” corresponde, como su propio nombre indica, a los Servicios Sociales de los Ayuntamientos, Organizaciones no Gubernamentales y demás instituciones seculares, mientras que a los cristianos nos corresponde la práctica del amor fraterno, comenzando por los domésticos de la fe.

Nuestro énfasis en una congregación formada por redimidos condujo al rechazo de la ingerencia del estado en asuntos eclesiales. Históricamente, los bautistas rechazamos las leyes estatales que requerían que los súbditos o ciudadanos se afiliaran a una determinada iglesia. El individuo, por derecho inalienable, era quien debía decidir el curso religioso que escogiera para su vida. De ahí que nuestros antepasados entendieran que no existía otra alternativa que ignorar a la autoridad pública en los asuntos de conciencia religiosa. Hubo, sin embargo, quienes abogaron por mantener el sostenimiento económico estatal de la Iglesia, postura que después demostró a muchos su inconsistencia con el principio de una membresía regenerada. El desenlace fue la proclamación de la Separación de la Iglesia y el Estado, lo cual implicaba, a su vez, la libertad de culto, énfasis notablemente marcado en nuestra historia denominacional, y compartido con todas las demás Iglesias Libres.

La trascendencia de este principio, por razones ventajosas, suele ser minimizada y hasta rechazada dentro de algunos círculos cristianos. La enseñanza privada, los programas de beneficencia y los servicios comunales, entre otros, tientan a aceptar el apoyo estatal, sin aparentes condiciones. De ahí que actualmente haya quienes estén en favor de una definición de nuestro sagrado principio, especialmente en consideración de las oportunidades de servicio que dicho apoyo o sostén puede representar. Sin embargo, la historia demuestra que así fue como se iniciaron los trágicos maridajes entre la Iglesia y el Estado que han ensuciado el testimonio cristiano en tantos lugares hasta el día de hoy.

En nuestra promulgación de dicho principio de “Separación de la Iglesia y el Estado” afirmamos que “la Iglesia de Jesucristo no necesita el sostenimiento del poder civil.” Luego declaramos que “toda intervención en este sentido no es protección sino piedra de tropiezo para los fines cristianos.” ¿Cómo podemos conjugar este principio con el establecimiento de vínculos y privilegios crematísticos de parte del Estado? Afirmamos, además, que “sólo las metas conseguidas por el Evangelio y el amor de Jesucristo tienen la bendición de Dios, y que la Iglesia debe ser sostenida y proyectada por los hombres y mujeres que han entronizado a Jesucristo en sus vidas, sin ningún otro compromiso.” ¿Cómo podemos armonizar esta declaración de principios con el establecimiento de compromisos con el Estado para el cumplimiento de metas que nosotros mismos afirmamos sólo pueden contar con la bendición divina si son realizadas por el Evangelio y el amor de Jesucristo?

En nuestra declaración del principio de “Respeto a la Autoridad Civil”, manifestamos creer en la compatibilidad entre el respeto a las autoridades de la nación y nuestra declaración de fe y principios, y explicamos que entendemos que “debemos dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es de César”. Lo que no entendemos es que debamos, como Iglesia de Jesucristo, “recibir del César” para llevar a cabo la obra de la extensión del Evangelio, la cual siempre entendimos comprende la realización de obras de misericordia y benevolencia, no como parte de un programa de colaboración con los servicios sociales del Estado, para lo cual ya abonamos como contribuyentes nuestras aportaciones fiscales, sino en el Nombre de Jesucristo, para que “alumbre nuestra luz delante de los hombres, para que vean nuestras buenas obras, y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos.”

En nuestra declaración del principio de la “Mayordomía Cristiana”, afirmamos que “las iglesias deben ser sostenidas por sus propios miembros”, sin hacer ninguna distinción entre el ministerio de satisfacción de necesidades espirituales y el de necesidades físicas inmediatas. Agregamos que el sostén de todo el ministerio cristiano entendemos hemos de hacerlo mediante “la entrega generosa y gozosa de los diezmos y ofrendas como parte del culto a Dios en reconocimiento de la soberanía del Creador en nuestras vidas.” ¿Cómo podemos conjugar esto con la recepción de una aportación estatal concordada con las iglesias? ¿Cómo podremos mezclar nuestros diezmos y ofrendas, procedentes del fruto del trabajo honrado de cristianos regenerados por el Espíritu Santo, con aportaciones procedentes de impuestos estatales de cualquier fuente?

En nuestra declaración del principio de la “Autonomía e Interdependencia de las Iglesias”, manifestamos que “las iglesias son locales y autónomas” y reiteramos el principio históricamente distintivo como bautistas del “sostén de las iglesias por sí mismas y su expresión por sí mismas.” No comprendemos cómo podemos insistir tanto en el principio de la separación de la Iglesia y el Estado, y la responsabilidad de quienes formamos la comunidad de fe, y al mismo tiempo estar en disposición de establecer acuerdos concordatarios con las Autoridades Civiles de la nación, dispuestos a recibir fondos y ayudas procedentes de la contribución general al Estado, para realizar obras de misericordia en el Nombre de Jesucristo, pues entendemos que todo cuanto hagamos como Iglesia de Cristo ha de hacerse en Su Nombre.

Finalmente, y de nuevo en consideración de nuestro principio de “Autonomía e Interdependencia de las Iglesias”, según el cual afirmamos que “ninguna está por encima ni por debajo de otra”, lo cual no impide que “para conseguir las metas institucionales y promover la obra misionera, desarrollemos la interdependencia de las iglesias, unidos fraternalmente y ofreciendo cada iglesia su cooperación voluntaria... a través de los organismos creados por la asociación de las iglesias en los planes regionales, nacionales, continentales y mundiales”, no podemos comprender que este principio se use como pretexto para justificar acuerdos con el Estado que nosotros siempre interpretamos contrarios a nuestros principios.

Sinceramente, no encontramos una manera razonable de explicar a los miembros constituyentes de nuestra iglesia cómo podemos preservar nuestra lealtad a los principios bautistas que siempre mantuvimos, desde antes de nuestra adhesión a la Unión Evangélica Bautista Española, lo que nos impide entrar en convenios y acuerdos concordados de sostén y privilegio de parte del Estado secular, y al mismo tiempo figurar como integrantes de un ente, como es la Comunidad Bautista de Madrid, que gustosamente acepta semejante planteamiento, postura que tememos sea ampliable a toda la Unión.

Esta dualidad contradictoria, desde nuestra perspectiva, nos resulta confusa y por tanto incómoda, por cuanto no podemos contemplar el mantenimiento de dos posturas antagónicas simultáneamente. Nuestra sensación es la de estar siendo manipulados para la obtención de fines que nos resultan ajenos. Siempre entendimos que nuestra adscripción a la Comunidad Bautista de Madrid y a la Unión Evangélica Bautista Española tenía como propósito participar en la promoción de la obra misionera, nacional y extranjera, para poder realizar juntos lo que por separado resulta impracticable. Siempre entendimos que el motivo inspirador de nuestra unión de iglesias tenía como propósito fundamental ser una agencia misionera. Nos consta, por ser históricamente constatable, que así fue como nació esta asociación de iglesias. Jamás pasó por nuestra imaginación que entre las metas institucionales figurara recibir fondos, privilegios ni prebendas estatales para la promoción de la obra de la Iglesia del Resucitado.

El pastor Canclini, uno de los paladines bautistas latinoamericanos en materia de libertad religiosa, dijo: “El régimen que establece la unión de la Iglesia y el Estado, ha reinado desde las autocracias antiguas, donde ambos se identificaban hasta el predominio de éste sobre aquélla, En cualquiera de sus distintos matices o intermedios, los resultados han sido funestos para las libertades del pueblo y la soberanía del poder civil a través de la historia.”

En este momento histórico que nos ha correspondido vivir, cuando la liberación total del ser humano reclama un ministerio sacrificial de la Iglesia de Jesucristo, entendemos a la luz del Evangelio y de nuestras conciencias, que ésta ha de mantenerse libre de compromisos y ataduras con el poder estatal para que su voz sea firme, inconfundible y veraz; y para que al hablar de libertad ésta no se supedite a circunstancias acomodaticias del momento.

En vista de todo lo que precede, rogamos a Dios nos dé cordura en estos tiempos de apostasía, seamos veraces y coherentes entre lo que afirmamos en nuestra Confesión de Fe y Declaración de Principios, y lo que estamos enseñando y viviendo, y consideremos seriamente las implicaciones, obediencias y compromisos en los que podemos caer, como tantos cayeron antes de nosotros en el curso de la historia. Por nuestra parte, como Comunidad Cristiana Eben-Ezer, entramos a partir de este momento en un período de oración y reflexión sobre nuestra permanencia en esta fraternidad.

En el servicio de Cristo, y en nombre de la Comunidad Cristiana Eben-Ezer de la Villa de Vallecas, miembro de la Unión Evangélica Bautista Española,

             Pr. Joaquín Yebra.                                                                            Daniel Olivar, Secretario.