Prólogo
Walter Rauschenbusch nació el año 1861 y murió el año 1918. Hijo de un
emigrante alemán que se trasladó a Estados Unidos, recibió educación en
ambos países.
En 1886 se graduó en el Seminario Teológico Rochester,
siendo más tarde ordenado al ministerio bautista, con lo que vino a ser el
séptimo ministro evangélico, en línea directa de descendencia.
Pastoreó una iglesia de alemanes inmigrantes, en Nueva
York y estudió cómo ayudar a las gentes necesitadas.
La depresión del año 1893 fue una dura experiencia para
Rauschenbusch, quien sufrió gran quebranto del corazón al ver las
penalidades que pasaban sus amados feligreses.
Escribió varios libros tratando de despertar la mente de
los cristianos a las posibilidades de un evangelio práctico y de justicia
social.
Uno de los más conocidos libros es «Los principios
sociales de Jesús».
Fue profesor de Nuevo Testamento y de Historia de la
Iglesia en el Seminario donde se había graduado, desde 1879 hasta su
fallecimiento.
Presentamos algo de la obra del Pastor Rauschenbusch con el
fin de contribuir a la difusión de nuestros principios bautistas.
J.B.P.
¿POR QUE SOY BAUTISTA?
1 Pedro 3:15:
Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para
salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la
sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito
¿Por qué soy bautista? En primer lugar debo decir que
lo soy porque mi padre lo era también. Mi padre fue por un tiempo pastor
luterano en Alemania. Más tarde emigró a América y allí trabó contacto
con los bautistas, encontrando en sus enseñanzas los ideales que él
anhelaba. Aun cuando tuvo que perder una buena posición y tuvo que sufrir
mucho moralmente, decidió hacerse bautista. Si él hubiese permanecido en
Alemania, siendo pastor luterano probablemente yo no hubiese sido nunca pastor
bautista en América. No podemos negar que nuestras relaciones familiares y la
educación que recibimos de niños ejercen gran influencia sobre nuestras
creencias religiosas.
En los países donde existe una «religión oficial» se
considera horrible e impío el abandonar la religión de los padres. Incluso
en nuestro país, son muy pocas las personas que, impulsadas por sus fuertes
convicciones personales, son capaces de romper los lazos de sus tradiciones
familiares. La mayoría de las personas son católicas, protestantes o judías
por la simple razón de que sus padres son o fueron católicos, protestantes o
judíos.
Imaginaos una gran estación donde un tren de mercancías
tiene que distribuir sus vagones a diferentes vías para su carga y descarga.
La máquina dará un empujón a cada vagón y éste se trasladará a su
correspondiente vía; pero, debido a la ley de la inercia, poco a poco irá
perdiendo velocidad hasta quedar parado del todo por no tener un motor propio
que le impulse. Ningún joven bautista debe asemejarse a estos vagones, sino
que debe desarrollar sus propias convicciones bautistas y moverse por su
propio impulso. Ellos han heredado de sus padres unos grandes principios, pero
deben analizarlos y hacerlos suyos. De esa forma se sentirán más seguros por
haber adquirido personalmente lo que se les concedió por herencia.
Yo comencé siendo bautista porque lo eran mis padres, pero
hoy soy bautista por mi propia convicción, hasta el punto de que no podría
ser otra cosa. Sé por qué lo soy y estoy dispuesto a dar una respuesta a
cualquiera que me pregunte por mi fe.
Sería bueno que todos nos hiciéramos esta misma pregunta:
¿Por qué soy yo bautista? Me gustaría que todos los miembros de nuestras
iglesias pudieran dar una respuesta clara y satisfactoria. Es posible ser
bautista por razones convincentes o serlo sin saber el por qué. Tal vez
alguien diga: «Yo soy bautista porque la palabra griega baptitso significa
sumergir». Esto es verdad, pero es a la vez una razón muy insignificante
para supeditar todas nuestras convicciones religiosas a la misma.
En una ocasión, un niño muy miope fue llevado al zoo y
estuvo parado ante la jaula de un gran león, cuya cola colgaba de la jaula a
través de los barrotes. «¡Yo creía que un león era muy diferente!»,
exclamó asombrado el muchacho no divisando más que la cola del animal. «Se
parece a una cuerda amarilla». Asimismo hay bautistas que sólo logran ver la
cola de los ideales bautistas y, por eso, no es de extrañar que sean tan
estrechos de mira como la cuerda en la que creen tan firmemente. Pequeñas
creencias hacen pequeños hombres. Hay muchas personas que son raquíticas,
espiritualmente hablando, porque sus convicciones son también raquíticas.
La gente de nuestros días está más dispuesta a pensar y
raciocinar que en el pasado. Las personas se sienten atraídas por grandes y
nobles ideales. Hay hombres, que, sintiéndose plenamente satisfechos en otras
áreas de su vida, se sienten totalmente defraudados en lo que respecta a su
religión. Sólo una gran fe, cimentada en unos principios nobles y generosos,
será capaz de ganar a los hombres y mujeres del futuro.
Yo creo firmemente que los bautistas poseemos ese hermoso
cuerpo de creencias, libre, vital, sincero, espiritual y que está
completamente de acuerdo con los ideales más nobles de nuestro tiempo.
Debemos damos cuenta de su grandeza y presentarlo al mundo con todo su
esplendor; no contentandonos con mostrar unas pocas plantas secas y unos pocos
animales raquíticos como exponentes de la tierra prometida a la que Dios nos
ha conducido y a la que nosotros les invitamos.
He aquí algunas de mis propias convicciones personales por
las que yo soy bautista:
PRIMERA RAZÓN:
POR EL ÉNFASIS QUE SE HACE EN LA EXPERIENCIA PERSONAL.
La religión se presenta de diferentes formas en las
diversas ramas del cristianismo. Pensemos, por ejemplo, en una misa solemne
celebrada en una catedral católica en medio de una mística obscuridad, con
los sonidos del órgano, el brillar de los candelabros, el ir y venir de los
sacerdotes y acólítos, las nubes de incienso, el sonar de las campanillas,
el arrodillarse de la gente en el momento de la consagración. Pensemos,
asimismo, en una reunión celebrada en una iglesia pequeña donde los
asistentes se levantan uno tras otro para testificar, con su lenguaje
sencillo, las experiencias que han tenido con el Señor. ¡Qué forma tan
distinta de culto es ésta de la anterior!
Es maravilloso pensar que todos los grupos cristianos
aspiran a poner en contacto a los hombres con Dios a través de Cristo. Sin
embargo, hemos de reconocer que ciertos grupos religiosos tratan de conseguir
esta finalidad usando medios que, en vez de ayudar a las almas, impiden el que
puedan encontrar a Dios. También el Judaísmo trató de encontrar a Dios
mediante su elaborado ritual en el templo, sus sacrificios sangrientos y sus
minuciosas ceremonias. Cristo, por el contrario, nos enseñó a acudir a Dios
de una forma más simple y espiritual. La cuestión del lugar y la forma del
culto quedó relegada a último término, como algo anticuado y sin valor,
para cuantos aprendieron a adorar a Dios en espíritu y en verdad.
Todos los grupos cristianos conservan gran número de
creencias y costumbres de origen supersticioso, que se les adhirieron en sus
comienzos pero que jamás pertenecieron al verdadero cristianismo. Mientras
algunas iglesias tratan de examinar sus doctrinas para eliminar los elementos
extraños al cristianismo primitivo, hay otras que rehusan deliberadamente el
librarse de estos residuos del paganismo por considerarlos precisos y
fundamentales. Por eso, todo cristiano inteligente debe tratar de encontrar el
cristianismo en su forma menos adulterada. ¿Dónde se consigue más
claramente la idea fundamental de poner a las almas en contacto con Dios?
¿Dónde se preserva el culto más espiritual? ¿Dónde se aparta menos la
atención de los asistentes de lo que es esencial en la vida moral y
religiosa?
La fe cristiana, tal como la proclamamos los bautistas,
coloca la experiencia religiosa en primer lugar, como la cosa básica de la
religión. Cuando alguien desea ingresar como miembro de una de nuestras
iglesias, lo único que le preguntamos es si ha tenido una experiencia
personal con el Señor. No le exigimos que nos responda sabiamente a las
preguntas de un catecismo, sino que nos relate, con simples palabras su
testimonio. Cuanto más sencillo y natural sea éste, tanto mejor.
Desconfiamos de la persona que lo hace con palabras rebuscadas. El haber
tenido una experiencia personal con el Señor es el único requisito para que
sea admitida al bautismo.
El mismo criterio usamos en cuanto a la admisión de
nuestros candidatos al ministerio. Lo primero que se exige de los aspirantes
al seminario es un relato acerca de su conversión y experiencias cristianas.
Lo segundo que se le pregunta es si se siente consciente de ser personalmente
llamado al ministerio. Por último, se le pregunta acerca de sus creencias,
pero prefiriendo también que sus contestaciones sean fruto de sus
experiencias y convicciones personales.
Nada se enfatiza tanto en nuestras iglesias como la
experiencia personal; esto es lo que atrae y gana a nuestros miembros. El
hacer énfasis en la necesidad del bautismo de adultos no quiere decir que
tengamos interés en las formas externas, sino que vemos en éstas una
demostración de la experiencia personal que ya ha tenido lugar en las
personas que se bautizan, cosa que no existe en el bautismo infantil...
La Iglesia Católico-romana, por ejemplo, también trata de
poner a los hombres en contacto con la gracia de Dios; pero ésta ha de ser
recibida a través de los sacramentos. En el agua regeneradora del bautismo,
en la participación de la comunión sacramental, en la absolución
pronunciada por el sacerdote, etc., dicen que el hombre encuentra a Dios.
Pero, ¿es esto una realidad? ¿No es con la iglesia con quien el hombre se
encuentra? ¿No ha colocado la iglesia una serie de ceremonias entre el hombre
y Dios, de tal forma que muchas personas que cumplen rigurosamente todo ese
ritual no llegan nunca a tener una experiencia con Dios, siendo privadas de
ello por causa de las mismas cosas en las que se les ha enseñado que pueden
encontrar a Dios?
Algunas iglesias hacen énfasis en los ritos y sacramentos
creyendo que éstos les permiten tener acceso para con Dios. Otras insisten en
la formulación de credos y confesiones de fe por creer que una comprensión
intelectual correcta es el mejor fundamento de la vida cristiana. Los
bautistas hemos simplificado el ritual hasta tal punto que nos hemos quedado
sólo con dos símbolos obliga torios: el Bautismo y la Cena, e insistimos en
que la experiencia personal es una parte esencial en ambos símbolos. Creemos,
asimismo, que es necesario estar claramente convencidos de la verdad; pero no
hemos formulado ningún credo al que tengan que dar su asentimiento ni los
pastores ni los miembros. Las definiciones intelectuales de nuestra fe son
útiles cuando son el resultado de una experiencia personal; de lo contrario
corren el riesgo de ser unos peligrosos substitutos de la experiencia.
Pensemos ahora en lo importante que es para una iglesia el
afirmar que los hombres pueden y deben tener una relación personal y directa
con Dios, así como el adaptar toda su vida de iglesia a crear semejantes
experiencias espirituales.
He hablado con personas de otras denominaciones que no
solamente no han tenido tales experiencias, sino que dudan de que otras
personas las puedan tener. Consideran que es una presunción el que un hombre
afirme que sus pecados han sido perdonados por Dios y que vive en contacto
íntimo con él. Pero, ¿para qué sirve tanto ritual eclesiástico si no es
capaz de ayudar al hombre a tener tal experiencia?
Una religión experimental ha de ser por necesidad libre y
voluntaria. Las personas pueden ser obligadas a que vayan a misa, o a que
suscriban un credo; pero no pueden ser obligadas a tener una experiencia
íntima. Esto tiene que ser algo libre y espontáneo. Ningún acto tiene valor
a los ojos de Dios si no es la libre expresión de la vida interior. ¿Qué
nos importaría el amor obligatorio de una esposa o de un hijo? ¿Qué le
puede importar a Dios la fe y la adoración que son obligatorias? Cuando
insistimos en la experiencia personal, y no en los ritos y credos, estamos
colocando la religión en la esfera de la libertad. Sólo cuando la religión
se practica libremente alcanza valor a los ojos de Dios.
Al enfatizar la necesidad de la experiencia personal, como
lo único esencial en religión, volvemos al cristianismo primitivo. El
suntuoso ritual existente en las iglesias antiguas es algo que se originó
poco a poco en las generaciones pasadas. Los descubrimientos históricos
están demostrando, cada día con más claridad, que las sedas preciosas de
que están formadas las vestiduras sagradas y los cordones de oro con los que
se ciñen fueron copiadas del paganismo antiguo. La insistencia en tener
definiciones concretas para cada punto doctrinal es, asimismo, un producto del
intelectualismo griego, tras la unión del cristianismo con la civilización
helénica. Esto no formaba parte del cristianismo predicado por los apóstoles
ni del cristianismo enseñado por Cristo.
El cristianismo primitivo era algo extremadamente sencillo.
Consistía simplemente en un cambio de vida ante Dios y ante los hombres. La
fe en Jesucristo era, ante todo, una experiencia personal. Quienes creían en
El sentían un espíritu nuevo, el Espíritu Santo, que moraba en sus
corazones y les inspiraba sus testimonios y oraciones, a la vez que apartaba
de ellos el egoísmo y les alentaba a realizar actos increíbles de heroísmo.
Pablo dio el nombre de «fe» a aquella nueva clase de vida. Esta palabra,
para él, no significaba simplemente una creencia intelectual, sino que era
como un símbolo algebraico que expresaba una profunda experiencia religiosa
en relación con Cristo.
En resumen, pues, la primera razón por la que yo soy
bautista es porque veo que en nuestras iglesias no se hace casi ningún
énfasis en los credos y rituales, pero sí se enfatiza mucho la necesidad de
sentir una experiencia religiosa. Cuanto más estudio la historia de las
religiones más convencido estoy de la posición que mantengo.
SEGUNDA RAZÓN:
POR LA ORGANIZACIÓN DEMOCRÁTICA DE LAS
IGLESIAS.
Los bautistas enfatizan la necesidad de una experiencia
personal con Dios confrontando, de ese modo, al alma con su Señor para poder
obtener su salvación personal. De idéntica forma a como Moisés, Elías y
Juan el Bautista encontraron a Dios en medio de la soledad rocosa del
desierto, así queremos nosotros que cada persona se retire a la soledad
interior de su espíritu, donde nadie más puede entrar, para escuchar la
dulce y suave voz del Eterno y solventar con el Padre Celestial tanto el
pasado como el futuro.
Pero la religión no es simplemente un asunto personal.
Somos seres sociales y cada uno de los elementos de nuestra vida alcanza su
desarrollo completo sólo mediante el intercambio y cooperación con los
demás. Un hombre que trabaje solo, es un productor pobre e insuficiente. Sin
embargo, mediante la división y cooperación en el trabajo, los resultados de
todos se multiplican. Una persona que trate de instruirse a sí misma está en
gran desventaja si se compara con otros estudiantes que tienen profesores y
condiscípulos que les estimulen.
No hay que negar que también la religión necesita su
expresión social y que sólo alcanza su plena vitalidad y riqueza cuando se
comparte con otros. Esto es lo que nosotros experimentamos
constantemente. La oración en privado tiene su encanto
particular; pero sentimos una emoción especial cuando nos unimos en el canto
de un himno entonado por la congregación y nos sentimos sumergidos en una ola
de emoción común. Muchos de nosotros hemos llegado a la gran decisión
religiosa de nuestra vida bajo la influencia de una emoción social. De igual
forma sucedería en muchos de nosotros que la llama de la vida religiosa iría
apagándose poco a poco si no fuese avivada mediante las experiencias
religiosas y el ejemplo que vemos en muchos otros creyentes. Cuando Jesús
dijo que donde hubiese dos o tres congregados en su nombre allí estaría él,
no hacía más que expresar la gran verdad de que su presencia se halla
plenamente realizada sólo en una sociedad cristiana. Podrá ser que se trate
de un grupo muy pequeño, pero es necesario que haya al menos otro corazón
junto al nuestro para que podamos experimentar sensiblemente la presencia de
Cristo.
La Iglesia Cristiana tiene su justificación en estos
hechos fundamentales de la naturaleza humana. La iglesia no es un fin en sí
misma, sino un medio para conseguir ese fin: crear y fomentar la vida
religiosa del individuo; establecer el reino de Dios entre los hombres. Los
cristianos nunca han terminado sus discusiones acerca de la verdadera
organización de la iglesia. La Iglesia Católico-Romana dice que no hay
verdadera Iglesia aparte de los Obispos y del Romano Pontífice. El Papa
Bonifacio VIII declaró solemnemente en 1302: "La sola y única Iglesia
de Cristo tiene un cuerpo y una cabeza: Cristo y el Vicario de Cristo, Pedro y
sus sucesores. Además, declaramos, afirmamos y definimos que es absolutamente
esencial para todo ser humano estar sometido al Romano Pontífice"
La Iglesia Episcopal sostiene que toda autoridad
ministerial se transmite mediante la ordenación que se perpetúa a través
del episcopado histórico y que, por lo mismo, los Pastores Presbiterianos y
Bautistas, aun cuando puedan ser buenas personas y grandes ganadores de almas,
no son ministros de la Iglesia Cristiana en el sentido verdadero.
De lo dicho se desprende que estas dos iglesias hacen
depender la salvación, o la autoridad pastoral, de la adhesión a la
verdadera organización eclesiástica.
A mi modo de pensar lo importante no es que una iglesia sea
muy antigua, o que tenga una historia ininterrumpida, sino que encarne el
espíritu cristiano en el método de su organización y que por su propia
constitución, ofrezca a sus miembros la mayor oportunidad posible de vivir
una verdadera vida cristiana todos juntos.
Estoy seguro de que la organización de una iglesia
bautista, aun cuando tenga sus imperfecciones y defectos -como cualquier otra
organización humana- se basa en principios nobles y cristianos, siendo
ésta la causa de que me sea tan querida.
Las iglesias bautistas tratan de crear una organización de
personas verdaderamente espirituales. Solamente admite como miembros a quienes
lo solicitan deliberadamente, pudiendo dar fe de que han tenido una
experiencia vital con Cristo, a quien aman y desean seguir. Estudia
cuidadosamente sus afirmaciones para evitar que las personas estén
equivocadas y solamente son aceptadas cuando han demostrado un verdadero
cambio en sus vidas. Asimismo excluye de su membresía a quienes
manifiestamente demuestran no comportarse como cristianos. Tal vez se cometan
algunos errores al admitir con demasiada prisa a los que lo solicitan, dignos,
pero al menos las Iglesias Bautistas tratan de conservar la pureza y
homogeneidad de sus miembros. Las iglesias pueden llegar a ser tan mundanas
que sea difícil trazar una linea de separación entre ellas y el mundo; pero
el principio permanece y siempre cabe la posibilidad de una reforma. Por el
contrario, en otras iglesias es casi imposible lograr esto, debido a su propia
constitución. Es posible que algunos pastores se esfuercen en crear un
espíritu verdaderamente cristiano, pero sus iglesias neutralizan tales
esfuerzos mediante la admisión de todo el mundo a través de la puerta del
bautismo infantil.
Nuestras iglesias son democracias cristianas. En ellas las
personas -bajo la dirección del Espíritu del Señor son soberanas. Todo el
poder ejercido por sus pastores y oficiales es conferido por la iglesia. Esto
da lugar a que quienes recibieron dones especiales del Señor para dirigir a
los demás se conviertan en los dirigentes, pero al mismo tiempo les mantiene
como servidores de la gente al tener que dar cuenta a la Iglesia de sus actos.
El espíritu democrático de las Iglesias Bautistas es algo de lo que podemos
sentimos orgullosos. Es el sistema que está más de acuerdo con el
cristianismo primitivo. Cuanto más retrocedemos hacia el cristianismo
apostólico más claramente encontramos el espíritu democrático en las
iglesias.
La Iglesia Católica es un despotismo benévolo. Toda la
autoridad procede del Papa. Este tipo de organización eclesiástica se
originó en tiempos del despotismo del Imperio Romano y ha perpetuado las
ideas y costumbres de aquella época. El gobierno episcopal también tiene sus
afinidades con la monarquía. Como decía cierto rey: «Ningún obispo,
ningún rey». El vio en los Obispos los mejores sostenedores de la monarquía
contra la democracia.
El gobierno congregacional se originó en me-dio de una
gran ola de democracia popular en Inglaterra y ha encarnado y perpetuado los
ideales democráticos de la Revolución de aquella época. Estoy orgulloso de
pensar que la vida de nuestras iglesias está en completa armonía con el gran
ideal del «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» que la
humanidad está esforzándose en realizar.
Nuestras Iglesias no reconocen Jerarquías Sacerdotales.
Los pastores no se diferencian de los laicos. Según la Iglesia Católica, un
sacerdote recibe en el acto de su ordenación cierto carácter imborrable que
le permite realizar ciertas cosas que nadie m~s puede hacer. Gracias a Dios,
nosotros no mantenemos tal punto de vista. Los daños que este falso poder
sacerdotal ha causado en la historia de la Iglesia son incontables.
El sacerdocio es una herencia procedente del paganismo. Los
sacerdotes sólo son necesarios cuando existen sacramentos mágicos que
ofrecer o administrar. Jesús no fue un sacerdote ni creó una clase de
sacerdotes. Ciertas iglesias trazan una línea de separación muy vaga entre
el mundo y la iglesia, a la vez que ponen una gran separación entre el
sacerdote y los laicos. Nosotros hacemos 13 contrario: trazamos una gran
línea de separación entre el mundo y la iglesia, y una línea muy vaga entre
los ministros y los laicos. ¿Qué punto de vista es más cristiano?
No poseemos ninguna Jerarquía entre nuestros ministros. No
existe ningún rector sobre el vicario, ningún obispo sobre el rector,
ningún arzobispo sobre el obispo, ningún papa sobre todos los demás. Jesús
nos dijo que no llamásemos a nadie padre o maestro, sino que todos nos
considerásemos como hermanos y que la única grandeza consistiese en la
supremacía del servicio (Mateo 23 :1-12). Esta orden de Cristo resuelve para
mí toda la cuestión de la jerarquía. Hay personas que tienen más dones
naturales que otras y esto hay que reconocerlo. Hay otros que poseen mayor
espíritu de dedicación y más discernimiento espiritual y hay
que darles el honor y les cargos que se merecen.
Nuestras iglesias son autónomas. Cada iglesia es
soberana en sus propios asuntos. El gobierno independiente de cada iglesia no
le impide el que se una con otras iglesias en cooperación fraternal, en
convenciones nacionales, en tener seminarios y organizaciones misioneras, etc.
Separación de la Iglesia y el Estado. Nuestras
Iglesias Bautistas rechazan toda clase de unión con el Estado. Ni aceptan las
imposiciones del Estado en asuntos espirituales, ni piden sus favores. Los
bautistas hicieron énfasis en la separación de la Iglesia y el Estado en
tiempos en los que este principio era nuevo y revolucionario.
Algunos bautistas creen que la separación entre Iglesia y
Estado se basa en la idea de que la vida espiritual no tiene nada que ver con
la vida secular. Yo rechazo en absoluto tal afirmación. Nuestros antepasados
bautistas hicieron énfasis en tal separación porque vieron los daños que
ocasionaba el que hombres con motivos ambiciosos y políticos quisieran
dirigir la vida moral y religiosa. Dejar a las iglesias solas significa dejar
que la vida moral y religiosa de la nación prepare su propio programa sin
verse mezcladas con fuerzas ajenas y con consideraciones
mezquinas. Por otro lado la experiencia nos enseña que la vida política de
una nación queda libre de muchos problemas cuando los asuntos
políticos y los eclesiásticos están separados. Ciertas iglesias se han
visto forzadas a perder el dominio que poseían de inmiscuirse en los asuntos
políticos de las naciones. Los bautistas han tenido siempre la posición más
noble y satisfactoria de rehusar voluntariamente tal situación, habiendo sido
los pioneros de este principio que, poco a poco están adoptando las naciones.
Yo reconozco que no todas las Iglesias Bautistas llevan a
la práctica todos estos hermosos principios. Las iglesias, como los
individuos, corren siempre el peligro del retroceso. Hay iglesias que
fácilmente aceptan a cualquiera y que muy raras veces excluyen de su
membresía a nadie. Hay iglesias Bautistas en las que unos pocos rigen y
gobiernan, brillando la democracia por su ausencia. Pero estas anomalías son
las excepciones. Así como es magnífico el que una nación adopte una
constitución que garantice la libertad, aun cuando a veces tenga jefes que la
tiranicen; así es hermoso ver que un joven se consagra completamente a una
vida de servicio desinteresado, aun cuando algunas veces obre impulsado por
ciertos motivos egoístas que renacen en él. Así también es maravilloso ver
un grupo de iglesias que encarnan y mantienen tan hermosos principios en su
constitución, aun cuan-do individual o colectivamente algunas veces no los
alcancen.
TERCERA RAZÓN:
POR LA SIMPLICIDAD Y ESPIRITUALIDAD DEL
CULTO.
La tercera razón por la que yo soy bautista tiene que ver
con el concepto del culto. Creo que podré aclarar mejor este punto
remontándome un poco en la historia de las religiones.
En las formas más rudas y primitivas de la religión el
culto tenía por objeto conseguir el beneplácito de los dioses. Los hombres
temían a los fenómenos de la naturaleza, tales como el trueno, el
relámpago, las inundaciones, las epidemias, etc., y trataban de aplacar a los
seres sobrenaturales que mostraban su disgusto enviando tales castigos sobre
los indefensos mortales. Les ofrecían sacrificios y acudían a ellos con
lastimosas plegarias, de idéntica forma a como traían sus donativos y sus
quejas a los pies de los encolerizados déspotas humanos, cuya ferocidad y
caprichos conocían perfectamente. Los hombres anhelaban buenas cosechas,
salud, hijos, venganza y protección, y, por ello, presentaban sus demandas a
los dioses y les ofrecían sus sacrificios para conseguir de ellos ayuda y
favor. Prevenirse contra el mal y asegurarse los favores divinos fueron los
principales objetivos del culto en los grados inferiores de la religión.
Pero cada dios tenía sus gustos y disposiciones
particulares, los cuales debían ser consultados. Un dios se complacía con
arroz y flores; otro prefería el olor de los carneros y los toros inmolados;
otro deseaba sangre humana. Tenían sus lugares sagrados en donde habían
hecho sus apariciones y en los que deseaban se les tributase veneración.
Tenían sus fórmulas sagradas con las que debían ser invocados. Asimismo
tenían sus sacerdotes, expertos en todos estos detalles, y a los que se les
permitía acercarse a los dioses para ofrecerles los sacrificios en nombre de
la, gente inculta y pecadora. Estas fórmulas se transmitían de generación
en generación, siendo cuidadosamente preservadas por las personas más
expertas, ya que todo su valor consistía en repetir con toda exactitud las
palabras
establecidas, o en postrarse en tal o cual forma. En la Roma pagana los
sacerdotes recitaban de memoria largas oraciones que ellos mismos no
entendían. La religión era esencialmente conservadora en cuanto a la forma
del culto; por eso todas las religiones antiguas están llenas de tradiciones
antiquísimas.
Cuando los hombres alcanzaron un grado más elevado de
desarrollo religioso desearon obtener contacto personal con la divinidad.
Llegaron a poseer cierto grado de impureza e imperfección. Entonces se les
dijo que si se bañaban en agua, o eran ungidos con aceite, o se les tocaba
con sangre hirviendo - siempre que esos ritos se realizasen, claro está
según ciertas fórmulas mágicas - quedarían sobrenaturalmente limpios y
serían santifica-dos y libertados del poder de las influencias maléficas. En
este grado los hombres experimentaban un sentido profundo de lo frágil y
perecedero que era la naturaleza humana y, por ello, anhelaban la
inmortalidad. Se les decía que si cumplían ciertos ritos misteriosos
vendrían a ser posesión de los dioses quienes, mandando en la vida futura,
les librarían de la muerte. Se les decía asimismo que la divinidad se
encarnaría en sus vidas haciéndoles inmortales. Así que, en este grado más
perfecto de religión, los hombres buscaban la expiación de sus pecados,
anhelaban ser librados de sus imperfecciones y deseaban vencer sobre la muerte
y obtener comunión directa con la divinidad. También en este grado de
religión las formas del culto eran importantísimas y si no se realizaban con
toda exactitud perdían todo su poder.
Cualquiera que conozca esta densa gama de superstición que
ha dominado a la humanidad encuentra una gran satisfacción al pasar del humo
del incienso y los sacrificios al aire y la luz en los que Jesús andaba con
su Padre. Jesús no oró porque tuviese obligación de hacerlo o porque.
necesitase conseguir algo de Dios; sino porque le gustaba orar y hablar con su
Padre. Ser un discípula de Jesús significa aprender a pensar en Dios y a
vivir en comunión con El como lo hacía Jesús, permitiendo que toda la vida
sea transformada por esa nueva fe y ese nuevo conocimiento.
Pablo comprendió a Jesús. Su lucha contra la Ley fue un
enorme esfuerzo hecho para limpiar la religión de aquellas antiguas formas
que la oprimían y dejar a los cristianos con libertad para acercarse
directamente a Dios y escuchar al Espíritu que mora en su interior. Esto se
ve claramente expuesto en el capítulo octavo de la Epístola a los Romanos y
a través de toda la Epístola a los Gálatas.
Pero las antiguas tradiciones religiosas estaban muy
arraigadas en las personas. Fue muy costoso el apartar a los cristianos
procedentes del judaísmo de sus antiguas formas de religión judía. La gente
convertida del paganismo pronto creó un sistema de ceremonias que, aunque
poseía un nombre cristiano, conservaba su espíritu pagano. El cristianismo
sólo celebraba dos actos en los que la forma tenía verdadero valor: el
Bautismo y la Cena del Señor, El primero consistía en un baño; el segundo
en una comida, Estos dos actos sencillos, pertenecientes a la vida diaria, se
utilizaban para expresar dos grandes ideas espirituales. Sin embargo, los
hombres, con sus tradiciones y mentes paganas, trataron de ver en estos actos
precisamente lo que ellos estaban buscando. El bautismo fue para ellos una
limpieza mística que borraba toda impureza y pecado; un baño mágico del que
salían las personas completamente regeneradas, con todo su pasado purificado.
Cuando leyeron las palabras «Este es mi cuerpo», «Esta es mi sangre»
creyeron que, de alguna forma misteriosa, Cristo se hallaba realmente presente
en el pan y el vino; y que cuando ellos tomaban los elementos, la divinidad se
les incorporaba y les proporcionaba el poder y la seguridad de la
inmortalidad.
Estas ideas supersticiosas se concretaron y alcanzaron gran
valor durante el transcurso de los años. Fueron adoptadas por los teólogos,
quienes las defendieron como parte esencial del cristianismo. Gradualmente se
llegó a creer que Cristo no solamente estaba presente en el sacramento, sino
que el pan y el vino se convertían en su cuerpo y sangre, los cuales eran
comidos por los creyentes, Este nuevo cuerpo de Cristo, creado mediante la
mágica fórmula pronunciada por el sacerdote, fue ofrecido de nuevo a Dios en
el sacrificio de la misa. Pronto surgió un nuevo sacerdocio, equipado con
poderes misteriosos, para consagrar los sacramentos y perdonar los pecados. Se
crearon otros sacramentos adicionales y el cristianismo tuvo sus lugares y
fórmulas sagradas, sus días santos, sus sacrificios y sus inciensos, sus
oraciones y su gran aparato litúrgico, exactamente igual a como lo tenían
las religiones paganas, a las que todavía aventajó.
Al comienzo de la Reforma hubo muchas dudas acerca de la
validez del bautismo infantil; pero el rechazarlo hubiese equivalido a aceptar
sólo iglesias de creyentes bautizados, dejando fuera de la iglesia a la gran
masa de la gente. Los reformado res retrocedieron ante un cambio tan radical,
debido, en gran parte, a razones políticas; y el bautismo infantil fue
mantenido, defendido y exaltado Esto fue un elemento extraño en el
protestantismo que ha venido ejerciendo una influencia nefasta al abrir la
puerta a otros elementos extraños en e culto, la organización y la doctrina.
Los cristianos protestantes de nuestros días no creen que
los niños sin bautizar vayan al infierno a causa del pecado original; ni
tampoco creen que el bautismo regenere. Si el niño no necesita el bautismo y
si el bautismo no le hace ningún bien, ¿para qué tienen que ser bautizados
los niños? Algunos aducen ciertas razones sentimentales para mantener tal
costumbre, sin embargo, el número de bautismo infantiles va decreciendo
constantemente. La gente está llegando a la conclusión da que es mejor dar a
sus niños la oportunidad de ser bautizados cuando el bautismo signifique algo
para ellos. Los bautistas han ayudado muchísimo en este respecto. Ellos
destruyeron la vieja levadura pagana en un principio, y el espíritu cristiano
purificado de los protestantes modernos les está dando la razón.
La vida de Jesús estuvo tan llena de religión como lleno
de canto está el ruiseñor, y llena de fragancia está la rosa; pero Jesús
nunca fue un esclavo de las formas hereditarias del culto, y ni siquiera
podemos decir que él nos enseñase unas formas nuevas y concretas. El
enseñó una oración a sus discípulos cuando éstos le pidieron que les
enseñase a orar; pero esta oración tuvo como objetivo enseñarles a orar con
sencillez. En nuestros cultos comunes nos acercaremos más al espíritu del
verdadero cristianismo si cada uno de los actos del culto es un acto sencillo
que se caracterice por estar lleno de gozo en el Señor, de amor hacia el
prójimo, de aversión hacia el mal, y de un deseo sincero de vivir una vida
recta a los ojos de Cristo.
Nuestro culto debe eliminar, tanto como sea posible, todo
deseo egoísta, toda superstición y toda idea falsa e indigna acerca de Dios.
Debe purificar nuestro concepto de la vida cristiana, mediante la educación
de nuestra naturaleza moral; debe dotar nuestra voluntad de firmes y
constantes impulsos hacia las buenas acciones; debe crear y mantener en
nosotros hábitos de reverencia y de adoración.
El que los cultos de tal o cual Iglesia bautista tengan
más o menos espiritualidad y verdadera religiosidad, es otra cuestión. Esto
depende de los hombres y mujeres que la integran, Puede ser un culto muerto y
estéril; pero aun así hay una gran ventaja en la simplicidad de tal culto,
porque esa frialdad y esterilidad no serán encubiertas y disfrazadas con la
vida prestada de una ceremonia. Un sacerdote materialista y sensual puede
cantar la misa mejor que el más grande de los santos; pero una iglesia y un
pastor bautista no pueden permanecer mucho tiempo muertos sin que la gente se
aperciba de ello y se presente así una buena oportunidad para el
arrepentimiento.
CUARTA RAZÓN:
PORQUE NO HAY OTRA NORMA DE FE Y PRACTICA
QUE LA BIBLIA.
Es de gran importancia que el individuo y la raza mantengan
la capacidad de crecer en su pensamiento religioso. De la misma forma que
sería un absurdo el que un hombre maduro no dejase las cosas de niño, sino
que pensase y hablase como niño, así también es un absurdo hacer que el
pensamiento religioso de un siglo se imponga y obligue a las personas de otros
siglos. Sin embargo, esto es lo que ha sucedido con la religión
frecuentemente.
Cuando el cristianismo fue proclamado la religión oficial
del Imperio Romano en tiempos de Constantino el Grande, los emperadores
tuvieron gran interés en que la Iglesia se mantuviese unida y no se dividiese
a causa de divergencias doctrinales. Cuando alguna cuestión doctrinal
ocasionaba disturbios, los emperadores organizaban un Concilio en el que los
Obispos decidiesen la cuestión por mayoría de votos. Sin embargo, estos
concilios fueron generalmente planeados y dirigidos, de idéntica forma a como
se planean las convenciones políticas modernas, y los resultados eran casi
siempre frutos de algún compromiso o intimidación. No obstante, cuando se
había logrado tal resultado se proclamaba como regla imperativa de la
ortodoxia. La gente creía que el Espíritu Santo que había prometido dirigir
la Iglesia por el camino de la verdad, había inspirado tales decisiones.
Los concilios generales no podían errar en sus decisiones
y éstas tenían que ser acatadas por todos los pensadores cristianos, Tales
decisiones infalibles se multiplicaron al correr de los siglos, quedando cada
una de ellas fijas alrededor del entendimiento de la Iglesia, como los aros de
hierro quedan fijos alrededor de un tonel. Es bueno que los toneles tengan
aros fijos a su alrededor, pero yo no aconsejaría que se colocasen hermosos y
apretados aros alrededor de un tierno niño.
Es imposible determinar el gran daño ocasionado al
creciente poder intelectual, moral y religioso de la humanidad por medio de
esta autoridad petrificada. Por ejemplo: La doctrina de la
transubstanciación, es decir, la creencia de que en la Cena. del Señor el
pan y el vino se transforman en la carne y en la sangre de Cristo, fue el
producto c una edad de obscuridad y superstición, cuando la educación y la
ciencia estaban en su estado rnás bajo, cuando la civilización del mundo
antiguo había sido sepultada ante la barbarie de las tribus teutónicas,
cuando la superstición crecía como los hongos en la oscuridad; entonces, y
sólo entonces fue cuando esta creencia surgió como un desafío la razón y
al sentido común. Sin embargo, la Iglesia Católica la aceptó y hoy en día
tiene que ser aceptado por los sabios católicos del mundo entero, aunque para
ello tengan que mutilar su propio entendimiento.
Es muy difícil, por no decir imposible, librar. de un
credo cuando éste ha sido ya adoptado. Los Presbiterianos han tenido que
mantener una larga lucha hasta poder ver algo modificada su estricta
Confesión de Fe de Westminster. Nosotros, los bautistas, no tenemos ningún
credo obligatorio, nuestros pastores y profesores no se les exige ninguna
declaración solemne de que adopten tal cual formulario como su regla de fe,
el cual tratarán de enseñar a los demás.
A pesar de esta libertad, los bautistas no ha estado
divagando en el campo de la teología. No han progresado en forma de zigzag,
sino siguiendo una línea recta de pensamiento. Los bautistas han insistido
constantemente en que la Biblia es su única autoridad con respecto a la fe y
a la práctica. Es verdad que hay bautistas que han usado la Biblia tal y como
otras denominaciones han usado sus credos. Han acudido a la Biblia como a un
gran credo y con ello han venido a decir prácticamente: "Es preciso que
creáis todo lo que nosotros pensamos que la Biblia dice o quiere decir".
Han tratado de imponernos su pequeña interpretación de este gran libro, como
si fuera un gran credo al que deban someterse todos los bautistas.
Afortunadamente la Biblia es completamente diferente de
cualquier credo. Un credo contiene una teología definida y concreta; mientras
que la Biblia contiene la historia de la vida religiosa y ardiente. Un credo
se dirige al entendimiento; mientras que la Biblia se dirige a todas las
facultades del alma para satisfacerlas. Un credo nos dice lo que nosotros
debemos creer; mientras que la Biblia nos dice lo que creyeron los profetas,
los apóstoles y los santos. Un credo es una filosofía religiosa; mientras
que la Biblia es una historia religiosa. Un credo presenta la verdad tal y
como ha sido concebida por un grupo de hombres en un tiempo determinado de la
historia humana; mientras que la Biblia presenta la verdad tal y como fue
apreciada por un gran número de siervos de Dios, inspirados por el Espíritu
Santo, en el transcurso de muchos siglos. Un credo impone una ley y ata el
pensamiento; mientras que la Biblia imparte un espíritu y despierta ese mismo
pensamiento, El valor de un credo consiste en su uniformidad; mientras que el
valor de la Biblia consiste precisamente, en su rica y maravillosa variedad
Cualquier colección de documentos histórico. procedentes
directamente de la vida humana, serían más útiles e instructivos en el
futuro, que la mejor pieza de literatura abstracta hecha por un. solo hombre o
por un grupo de hombres. Los mejores tratados de la antigüedad se envejecen
con una rapidez desconcertante. La naturaleza humana, por el contrario, con su
amor y su odio, su temor y su esperanza, su pecado y sus pasiones, es siempre
la misma. Lo que fue verdad en días de Ramsés II a la sombra de las
pirámides, lo es en nuestros días a la sombra de los modernos rascacielos.
He aquí porqué la Biblia sigue viva, aun cuando los credos estén ya
muertos.
¡Y qué vitalidad tan grande posee la Biblia Una nación
única y privilegiada, con un gran concepto acerca de Dios y una gran fe
puesta en El conserva los escritos de sus más grandes pensadores, de sus
profetas y sus guerreros, de sus poeta y sus historiadores religiosos,
mientras el soplo divino vibra y palpita en toda la colección. Cuando llega
el más grande de todos los hombres, e Hijo de Dios y Rey de la Humanidad, su
vida y si pensamiento son preservados en unos libros simples y sencillos. El
impulso poderoso que este Hijo de Dios da a las almas, queda reflejado en una
serie de cartas y tratados que, unidos a la antigua biblia de los judíos,
forma la nueva Biblia de lo pueblos cristianos.
Estos libros conservan la forma más pura y fresca del cristianismo. Es el
arroyo claro de la montaña antes de ser enturbiado en la llanura con la
mezcla de nuevas aguas. El Nuevo Testamento ha sido la conciencia de la
Iglesia señalando el camino recto entre los muchos caminos tortuosos. El
Nuevo Testamento sigue estimulándonos hoy en día a que, abandonando el
cristianismo tradicional, volvamos a la pura religión de Cristo. Es en el
Nuevo Testamento donde se encuentra el poder de la reforma perpetua de la
Iglesia.
Prólogo
Walter Rauschenbusch nació el año 1861 y murió el año 1918. Hijo de un
emigrante alemán que se trasladó a Estados Unidos, recibió educación en
ambos países.
En 1886 se graduó en el Seminario Teológico Rochester,
siendo más tarde ordenado al ministerio bautista, con lo que vino a ser el
séptimo ministro evangélico, en línea directa de descendencia.
Pastoreó una iglesia de alemanes inmigrantes, en Nueva
York y estudió cómo ayudar a las gentes necesitadas.
La depresión del año 1893 fue una dura experiencia para
Rauschenbusch, quien sufrió gran quebranto del corazón al ver las
penalidades que pasaban sus amados feligreses.
Escribió varios libros tratando de despertar la mente de
los cristianos a las posibilidades de un evangelio práctico y de justicia
social.
Uno de los más conocidos libros es «Los principios
sociales de Jesús».
Fue profesor de Nuevo Testamento y de Historia de la
Iglesia en el Seminario donde se había graduado, desde 1879 hasta su
fallecimiento.
Presentamos algo de la obra del Pastor Rauschenbusch con el
fin de contribuir a la difusión de nuestros principios bautistas.
J.B.P.
¿POR QUE SOY BAUTISTA?
1 Pedro 3:15:
Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para
salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la
sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito
¿Por qué soy bautista? En primer lugar debo decir que
lo soy porque mi padre lo era también. Mi padre fue por un tiempo pastor
luterano en Alemania. Más tarde emigró a América y allí trabó contacto
con los bautistas, encontrando en sus enseñanzas los ideales que él
anhelaba. Aun cuando tuvo que perder una buena posición y tuvo que sufrir
mucho moralmente, decidió hacerse bautista. Si él hubiese permanecido en
Alemania, siendo pastor luterano probablemente yo no hubiese sido nunca pastor
bautista en América. No podemos negar que nuestras relaciones familiares y la
educación que recibimos de niños ejercen gran influencia sobre nuestras
creencias religiosas.
En los países donde existe una «religión oficial» se
considera horrible e impío el abandonar la religión de los padres. Incluso
en nuestro país, son muy pocas las personas que, impulsadas por sus fuertes
convicciones personales, son capaces de romper los lazos de sus tradiciones
familiares. La mayoría de las personas son católicas, protestantes o judías
por la simple razón de que sus padres son o fueron católicos, protestantes o
judíos.
Imaginaos una gran estación donde un tren de mercancías
tiene que distribuir sus vagones a diferentes vías para su carga y descarga.
La máquina dará un empujón a cada vagón y éste se trasladará a su
correspondiente vía; pero, debido a la ley de la inercia, poco a poco irá
perdiendo velocidad hasta quedar parado del todo por no tener un motor propio
que le impulse. Ningún joven bautista debe asemejarse a estos vagones, sino
que debe desarrollar sus propias convicciones bautistas y moverse por su
propio impulso. Ellos han heredado de sus padres unos grandes principios, pero
deben analizarlos y hacerlos suyos. De esa forma se sentirán más seguros por
haber adquirido personalmente lo que se les concedió por herencia.
Yo comencé siendo bautista porque lo eran mis padres, pero
hoy soy bautista por mi propia convicción, hasta el punto de que no podría
ser otra cosa. Sé por qué lo soy y estoy dispuesto a dar una respuesta a
cualquiera que me pregunte por mi fe.
Sería bueno que todos nos hiciéramos esta misma pregunta:
¿Por qué soy yo bautista? Me gustaría que todos los miembros de nuestras
iglesias pudieran dar una respuesta clara y satisfactoria. Es posible ser
bautista por razones convincentes o serlo sin saber el por qué. Tal vez
alguien diga: «Yo soy bautista porque la palabra griega baptitso significa
sumergir». Esto es verdad, pero es a la vez una razón muy insignificante
para supeditar todas nuestras convicciones religiosas a la misma.
En una ocasión, un niño muy miope fue llevado al zoo y
estuvo parado ante la jaula de un gran león, cuya cola colgaba de la jaula a
través de los barrotes. «¡Yo creía que un león era muy diferente!»,
exclamó asombrado el muchacho no divisando más que la cola del animal. «Se
parece a una cuerda amarilla». Asimismo hay bautistas que sólo logran ver la
cola de los ideales bautistas y, por eso, no es de extrañar que sean tan
estrechos de mira como la cuerda en la que creen tan firmemente. Pequeñas
creencias hacen pequeños hombres. Hay muchas personas que son raquíticas,
espiritualmente hablando, porque sus convicciones son también raquíticas.
La gente de nuestros días está más dispuesta a pensar y
raciocinar que en el pasado. Las personas se sienten atraídas por grandes y
nobles ideales. Hay hombres, que, sintiéndose plenamente satisfechos en otras
áreas de su vida, se sienten totalmente defraudados en lo que respecta a su
religión. Sólo una gran fe, cimentada en unos principios nobles y generosos,
será capaz de ganar a los hombres y mujeres del futuro.
Yo creo firmemente que los bautistas poseemos ese hermoso
cuerpo de creencias, libre, vital, sincero, espiritual y que está
completamente de acuerdo con los ideales más nobles de nuestro tiempo.
Debemos damos cuenta de su grandeza y presentarlo al mundo con todo su
esplendor; no contentandonos con mostrar unas pocas plantas secas y unos pocos
animales raquíticos como exponentes de la tierra prometida a la que Dios nos
ha conducido y a la que nosotros les invitamos.
He aquí algunas de mis propias convicciones personales por
las que yo soy bautista:
PRIMERA RAZÓN:
POR EL ÉNFASIS QUE SE HACE EN LA EXPERIENCIA PERSONAL.
La religión se presenta de diferentes formas en las
diversas ramas del cristianismo. Pensemos, por ejemplo, en una misa solemne
celebrada en una catedral católica en medio de una mística obscuridad, con
los sonidos del órgano, el brillar de los candelabros, el ir y venir de los
sacerdotes y acólítos, las nubes de incienso, el sonar de las campanillas,
el arrodillarse de la gente en el momento de la consagración. Pensemos,
asimismo, en una reunión celebrada en una iglesia pequeña donde los
asistentes se levantan uno tras otro para testificar, con su lenguaje
sencillo, las experiencias que han tenido con el Señor. ¡Qué forma tan
distinta de culto es ésta de la anterior!
Es maravilloso pensar que todos los grupos cristianos
aspiran a poner en contacto a los hombres con Dios a través de Cristo. Sin
embargo, hemos de reconocer que ciertos grupos religiosos tratan de conseguir
esta finalidad usando medios que, en vez de ayudar a las almas, impiden el que
puedan encontrar a Dios. También el Judaísmo trató de encontrar a Dios
mediante su elaborado ritual en el templo, sus sacrificios sangrientos y sus
minuciosas ceremonias. Cristo, por el contrario, nos enseñó a acudir a Dios
de una forma más simple y espiritual. La cuestión del lugar y la forma del
culto quedó relegada a último término, como algo anticuado y sin valor,
para cuantos aprendieron a adorar a Dios en espíritu y en verdad.
Todos los grupos cristianos conservan gran número de
creencias y costumbres de origen supersticioso, que se les adhirieron en sus
comienzos pero que jamás pertenecieron al verdadero cristianismo. Mientras
algunas iglesias tratan de examinar sus doctrinas para eliminar los elementos
extraños al cristianismo primitivo, hay otras que rehusan deliberadamente el
librarse de estos residuos del paganismo por considerarlos precisos y
fundamentales. Por eso, todo cristiano inteligente debe tratar de encontrar el
cristianismo en su forma menos adulterada. ¿Dónde se consigue más
claramente la idea fundamental de poner a las almas en contacto con Dios?
¿Dónde se preserva el culto más espiritual? ¿Dónde se aparta menos la
atención de los asistentes de lo que es esencial en la vida moral y
religiosa?
La fe cristiana, tal como la proclamamos los bautistas,
coloca la experiencia religiosa en primer lugar, como la cosa básica de la
religión. Cuando alguien desea ingresar como miembro de una de nuestras
iglesias, lo único que le preguntamos es si ha tenido una experiencia
personal con el Señor. No le exigimos que nos responda sabiamente a las
preguntas de un catecismo, sino que nos relate, con simples palabras su
testimonio. Cuanto más sencillo y natural sea éste, tanto mejor.
Desconfiamos de la persona que lo hace con palabras rebuscadas. El haber
tenido una experiencia personal con el Señor es el único requisito para que
sea admitida al bautismo.
El mismo criterio usamos en cuanto a la admisión de
nuestros candidatos al ministerio. Lo primero que se exige de los aspirantes
al seminario es un relato acerca de su conversión y experiencias cristianas.
Lo segundo que se le pregunta es si se siente consciente de ser personalmente
llamado al ministerio. Por último, se le pregunta acerca de sus creencias,
pero prefiriendo también que sus contestaciones sean fruto de sus
experiencias y convicciones personales.
Nada se enfatiza tanto en nuestras iglesias como la
experiencia personal; esto es lo que atrae y gana a nuestros miembros. El
hacer énfasis en la necesidad del bautismo de adultos no quiere decir que
tengamos interés en las formas externas, sino que vemos en éstas una
demostración de la experiencia personal que ya ha tenido lugar en las
personas que se bautizan, cosa que no existe en el bautismo infantil...
La Iglesia Católico-romana, por ejemplo, también trata de
poner a los hombres en contacto con la gracia de Dios; pero ésta ha de ser
recibida a través de los sacramentos. En el agua regeneradora del bautismo,
en la participación de la comunión sacramental, en la absolución
pronunciada por el sacerdote, etc., dicen que el hombre encuentra a Dios.
Pero, ¿es esto una realidad? ¿No es con la iglesia con quien el hombre se
encuentra? ¿No ha colocado la iglesia una serie de ceremonias entre el hombre
y Dios, de tal forma que muchas personas que cumplen rigurosamente todo ese
ritual no llegan nunca a tener una experiencia con Dios, siendo privadas de
ello por causa de las mismas cosas en las que se les ha enseñado que pueden
encontrar a Dios?
Algunas iglesias hacen énfasis en los ritos y sacramentos
creyendo que éstos les permiten tener acceso para con Dios. Otras insisten en
la formulación de credos y confesiones de fe por creer que una comprensión
intelectual correcta es el mejor fundamento de la vida cristiana. Los
bautistas hemos simplificado el ritual hasta tal punto que nos hemos quedado
sólo con dos símbolos obliga torios: el Bautismo y la Cena, e insistimos en
que la experiencia personal es una parte esencial en ambos símbolos. Creemos,
asimismo, que es necesario estar claramente convencidos de la verdad; pero no
hemos formulado ningún credo al que tengan que dar su asentimiento ni los
pastores ni los miembros. Las definiciones intelectuales de nuestra fe son
útiles cuando son el resultado de una experiencia personal; de lo contrario
corren el riesgo de ser unos peligrosos substitutos de la experiencia.
Pensemos ahora en lo importante que es para una iglesia el
afirmar que los hombres pueden y deben tener una relación personal y directa
con Dios, así como el adaptar toda su vida de iglesia a crear semejantes
experiencias espirituales.
He hablado con personas de otras denominaciones que no
solamente no han tenido tales experiencias, sino que dudan de que otras
personas las puedan tener. Consideran que es una presunción el que un hombre
afirme que sus pecados han sido perdonados por Dios y que vive en contacto
íntimo con él. Pero, ¿para qué sirve tanto ritual eclesiástico si no es
capaz de ayudar al hombre a tener tal experiencia?
Una religión experimental ha de ser por necesidad libre y
voluntaria. Las personas pueden ser obligadas a que vayan a misa, o a que
suscriban un credo; pero no pueden ser obligadas a tener una experiencia
íntima. Esto tiene que ser algo libre y espontáneo. Ningún acto tiene valor
a los ojos de Dios si no es la libre expresión de la vida interior. ¿Qué
nos importaría el amor obligatorio de una esposa o de un hijo? ¿Qué le
puede importar a Dios la fe y la adoración que son obligatorias? Cuando
insistimos en la experiencia personal, y no en los ritos y credos, estamos
colocando la religión en la esfera de la libertad. Sólo cuando la religión
se practica libremente alcanza valor a los ojos de Dios.
Al enfatizar la necesidad de la experiencia personal, como
lo único esencial en religión, volvemos al cristianismo primitivo. El
suntuoso ritual existente en las iglesias antiguas es algo que se originó
poco a poco en las generaciones pasadas. Los descubrimientos históricos
están demostrando, cada día con más claridad, que las sedas preciosas de
que están formadas las vestiduras sagradas y los cordones de oro con los que
se ciñen fueron copiadas del paganismo antiguo. La insistencia en tener
definiciones concretas para cada punto doctrinal es, asimismo, un producto del
intelectualismo griego, tras la unión del cristianismo con la civilización
helénica. Esto no formaba parte del cristianismo predicado por los apóstoles
ni del cristianismo enseñado por Cristo.
El cristianismo primitivo era algo extremadamente sencillo.
Consistía simplemente en un cambio de vida ante Dios y ante los hombres. La
fe en Jesucristo era, ante todo, una experiencia personal. Quienes creían en
El sentían un espíritu nuevo, el Espíritu Santo, que moraba en sus
corazones y les inspiraba sus testimonios y oraciones, a la vez que apartaba
de ellos el egoísmo y les alentaba a realizar actos increíbles de heroísmo.
Pablo dio el nombre de «fe» a aquella nueva clase de vida. Esta palabra,
para él, no significaba simplemente una creencia intelectual, sino que era
como un símbolo algebraico que expresaba una profunda experiencia religiosa
en relación con Cristo.
En resumen, pues, la primera razón por la que yo soy
bautista es porque veo que en nuestras iglesias no se hace casi ningún
énfasis en los credos y rituales, pero sí se enfatiza mucho la necesidad de
sentir una experiencia religiosa. Cuanto más estudio la historia de las
religiones más convencido estoy de la posición que mantengo.
SEGUNDA RAZÓN:
POR LA ORGANIZACIÓN DEMOCRÁTICA DE LAS
IGLESIAS.
Los bautistas enfatizan la necesidad de una experiencia
personal con Dios confrontando, de ese modo, al alma con su Señor para poder
obtener su salvación personal. De idéntica forma a como Moisés, Elías y
Juan el Bautista encontraron a Dios en medio de la soledad rocosa del
desierto, así queremos nosotros que cada persona se retire a la soledad
interior de su espíritu, donde nadie más puede entrar, para escuchar la
dulce y suave voz del Eterno y solventar con el Padre Celestial tanto el
pasado como el futuro.
Pero la religión no es simplemente un asunto personal.
Somos seres sociales y cada uno de los elementos de nuestra vida alcanza su
desarrollo completo sólo mediante el intercambio y cooperación con los
demás. Un hombre que trabaje solo, es un productor pobre e insuficiente. Sin
embargo, mediante la división y cooperación en el trabajo, los resultados de
todos se multiplican. Una persona que trate de instruirse a sí misma está en
gran desventaja si se compara con otros estudiantes que tienen profesores y
condiscípulos que les estimulen.
No hay que negar que también la religión necesita su
expresión social y que sólo alcanza su plena vitalidad y riqueza cuando se
comparte con otros. Esto es lo que nosotros experimentamos
constantemente. La oración en privado tiene su encanto
particular; pero sentimos una emoción especial cuando nos unimos en el canto
de un himno entonado por la congregación y nos sentimos sumergidos en una ola
de emoción común. Muchos de nosotros hemos llegado a la gran decisión
religiosa de nuestra vida bajo la influencia de una emoción social. De igual
forma sucedería en muchos de nosotros que la llama de la vida religiosa iría
apagándose poco a poco si no fuese avivada mediante las experiencias
religiosas y el ejemplo que vemos en muchos otros creyentes. Cuando Jesús
dijo que donde hubiese dos o tres congregados en su nombre allí estaría él,
no hacía más que expresar la gran verdad de que su presencia se halla
plenamente realizada sólo en una sociedad cristiana. Podrá ser que se trate
de un grupo muy pequeño, pero es necesario que haya al menos otro corazón
junto al nuestro para que podamos experimentar sensiblemente la presencia de
Cristo.
La Iglesia Cristiana tiene su justificación en estos
hechos fundamentales de la naturaleza humana. La iglesia no es un fin en sí
misma, sino un medio para conseguir ese fin: crear y fomentar la vida
religiosa del individuo; establecer el reino de Dios entre los hombres. Los
cristianos nunca han terminado sus discusiones acerca de la verdadera
organización de la iglesia. La Iglesia Católico-Romana dice que no hay
verdadera Iglesia aparte de los Obispos y del Romano Pontífice. El Papa
Bonifacio VIII declaró solemnemente en 1302: "La sola y única Iglesia
de Cristo tiene un cuerpo y una cabeza: Cristo y el Vicario de Cristo, Pedro y
sus sucesores. Además, declaramos, afirmamos y definimos que es absolutamente
esencial para todo ser humano estar sometido al Romano Pontífice"
La Iglesia Episcopal sostiene que toda autoridad
ministerial se transmite mediante la ordenación que se perpetúa a través
del episcopado histórico y que, por lo mismo, los Pastores Presbiterianos y
Bautistas, aun cuando puedan ser buenas personas y grandes ganadores de almas,
no son ministros de la Iglesia Cristiana en el sentido verdadero.
De lo dicho se desprende que estas dos iglesias hacen
depender la salvación, o la autoridad pastoral, de la adhesión a la
verdadera organización eclesiástica.
A mi modo de pensar lo importante no es que una iglesia sea
muy antigua, o que tenga una historia ininterrumpida, sino que encarne el
espíritu cristiano en el método de su organización y que por su propia
constitución, ofrezca a sus miembros la mayor oportunidad posible de vivir
una verdadera vida cristiana todos juntos.
Estoy seguro de que la organización de una iglesia
bautista, aun cuando tenga sus imperfecciones y defectos -como cualquier otra
organización humana- se basa en principios nobles y cristianos, siendo
ésta la causa de que me sea tan querida.
Las iglesias bautistas tratan de crear una organización de
personas verdaderamente espirituales. Solamente admite como miembros a quienes
lo solicitan deliberadamente, pudiendo dar fe de que han tenido una
experiencia vital con Cristo, a quien aman y desean seguir. Estudia
cuidadosamente sus afirmaciones para evitar que las personas estén
equivocadas y solamente son aceptadas cuando han demostrado un verdadero
cambio en sus vidas. Asimismo excluye de su membresía a quienes
manifiestamente demuestran no comportarse como cristianos. Tal vez se cometan
algunos errores al admitir con demasiada prisa a los que lo solicitan, dignos,
pero al menos las Iglesias Bautistas tratan de conservar la pureza y
homogeneidad de sus miembros. Las iglesias pueden llegar a ser tan mundanas
que sea difícil trazar una linea de separación entre ellas y el mundo; pero
el principio permanece y siempre cabe la posibilidad de una reforma. Por el
contrario, en otras iglesias es casi imposible lograr esto, debido a su propia
constitución. Es posible que algunos pastores se esfuercen en crear un
espíritu verdaderamente cristiano, pero sus iglesias neutralizan tales
esfuerzos mediante la admisión de todo el mundo a través de la puerta del
bautismo infantil.
Nuestras iglesias son democracias cristianas. En ellas las
personas -bajo la dirección del Espíritu del Señor son soberanas. Todo el
poder ejercido por sus pastores y oficiales es conferido por la iglesia. Esto
da lugar a que quienes recibieron dones especiales del Señor para dirigir a
los demás se conviertan en los dirigentes, pero al mismo tiempo les mantiene
como servidores de la gente al tener que dar cuenta a la Iglesia de sus actos.
El espíritu democrático de las Iglesias Bautistas es algo de lo que podemos
sentimos orgullosos. Es el sistema que está más de acuerdo con el
cristianismo primitivo. Cuanto más retrocedemos hacia el cristianismo
apostólico más claramente encontramos el espíritu democrático en las
iglesias.
La Iglesia Católica es un despotismo benévolo. Toda la
autoridad procede del Papa. Este tipo de organización eclesiástica se
originó en tiempos del despotismo del Imperio Romano y ha perpetuado las
ideas y costumbres de aquella época. El gobierno episcopal también tiene sus
afinidades con la monarquía. Como decía cierto rey: «Ningún obispo,
ningún rey». El vio en los Obispos los mejores sostenedores de la monarquía
contra la democracia.
El gobierno congregacional se originó en me-dio de una
gran ola de democracia popular en Inglaterra y ha encarnado y perpetuado los
ideales democráticos de la Revolución de aquella época. Estoy orgulloso de
pensar que la vida de nuestras iglesias está en completa armonía con el gran
ideal del «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» que la
humanidad está esforzándose en realizar.
Nuestras Iglesias no reconocen Jerarquías Sacerdotales.
Los pastores no se diferencian de los laicos. Según la Iglesia Católica, un
sacerdote recibe en el acto de su ordenación cierto carácter imborrable que
le permite realizar ciertas cosas que nadie m~s puede hacer. Gracias a Dios,
nosotros no mantenemos tal punto de vista. Los daños que este falso poder
sacerdotal ha causado en la historia de la Iglesia son incontables.
El sacerdocio es una herencia procedente del paganismo. Los
sacerdotes sólo son necesarios cuando existen sacramentos mágicos que
ofrecer o administrar. Jesús no fue un sacerdote ni creó una clase de
sacerdotes. Ciertas iglesias trazan una línea de separación muy vaga entre
el mundo y la iglesia, a la vez que ponen una gran separación entre el
sacerdote y los laicos. Nosotros hacemos 13 contrario: trazamos una gran
línea de separación entre el mundo y la iglesia, y una línea muy vaga entre
los ministros y los laicos. ¿Qué punto de vista es más cristiano?
No poseemos ninguna Jerarquía entre nuestros ministros. No
existe ningún rector sobre el vicario, ningún obispo sobre el rector,
ningún arzobispo sobre el obispo, ningún papa sobre todos los demás. Jesús
nos dijo que no llamásemos a nadie padre o maestro, sino que todos nos
considerásemos como hermanos y que la única grandeza consistiese en la
supremacía del servicio (Mateo 23 :1-12). Esta orden de Cristo resuelve para
mí toda la cuestión de la jerarquía. Hay personas que tienen más dones
naturales que otras y esto hay que reconocerlo. Hay otros que poseen mayor
espíritu de dedicación y más discernimiento espiritual y hay
que darles el honor y les cargos que se merecen.
Nuestras iglesias son autónomas. Cada iglesia es
soberana en sus propios asuntos. El gobierno independiente de cada iglesia no
le impide el que se una con otras iglesias en cooperación fraternal, en
convenciones nacionales, en tener seminarios y organizaciones misioneras, etc.
Separación de la Iglesia y el Estado. Nuestras
Iglesias Bautistas rechazan toda clase de unión con el Estado. Ni aceptan las
imposiciones del Estado en asuntos espirituales, ni piden sus favores. Los
bautistas hicieron énfasis en la separación de la Iglesia y el Estado en
tiempos en los que este principio era nuevo y revolucionario.
Algunos bautistas creen que la separación entre Iglesia y
Estado se basa en la idea de que la vida espiritual no tiene nada que ver con
la vida secular. Yo rechazo en absoluto tal afirmación. Nuestros antepasados
bautistas hicieron énfasis en tal separación porque vieron los daños que
ocasionaba el que hombres con motivos ambiciosos y políticos quisieran
dirigir la vida moral y religiosa. Dejar a las iglesias solas significa dejar
que la vida moral y religiosa de la nación prepare su propio programa sin
verse mezcladas con fuerzas ajenas y con consideraciones
mezquinas. Por otro lado la experiencia nos enseña que la vida política de
una nación queda libre de muchos problemas cuando los asuntos
políticos y los eclesiásticos están separados. Ciertas iglesias se han
visto forzadas a perder el dominio que poseían de inmiscuirse en los asuntos
políticos de las naciones. Los bautistas han tenido siempre la posición más
noble y satisfactoria de rehusar voluntariamente tal situación, habiendo sido
los pioneros de este principio que, poco a poco están adoptando las naciones.
Yo reconozco que no todas las Iglesias Bautistas llevan a
la práctica todos estos hermosos principios. Las iglesias, como los
individuos, corren siempre el peligro del retroceso. Hay iglesias que
fácilmente aceptan a cualquiera y que muy raras veces excluyen de su
membresía a nadie. Hay iglesias Bautistas en las que unos pocos rigen y
gobiernan, brillando la democracia por su ausencia. Pero estas anomalías son
las excepciones. Así como es magnífico el que una nación adopte una
constitución que garantice la libertad, aun cuando a veces tenga jefes que la
tiranicen; así es hermoso ver que un joven se consagra completamente a una
vida de servicio desinteresado, aun cuando algunas veces obre impulsado por
ciertos motivos egoístas que renacen en él. Así también es maravilloso ver
un grupo de iglesias que encarnan y mantienen tan hermosos principios en su
constitución, aun cuan-do individual o colectivamente algunas veces no los
alcancen.
TERCERA RAZÓN:
POR LA SIMPLICIDAD Y ESPIRITUALIDAD DEL
CULTO.
La tercera razón por la que yo soy bautista tiene que ver
con el concepto del culto. Creo que podré aclarar mejor este punto
remontándome un poco en la historia de las religiones.
En las formas más rudas y primitivas de la religión el
culto tenía por objeto conseguir el beneplácito de los dioses. Los hombres
temían a los fenómenos de la naturaleza, tales como el trueno, el
relámpago, las inundaciones, las epidemias, etc., y trataban de aplacar a los
seres sobrenaturales que mostraban su disgusto enviando tales castigos sobre
los indefensos mortales. Les ofrecían sacrificios y acudían a ellos con
lastimosas plegarias, de idéntica forma a como traían sus donativos y sus
quejas a los pies de los encolerizados déspotas humanos, cuya ferocidad y
caprichos conocían perfectamente. Los hombres anhelaban buenas cosechas,
salud, hijos, venganza y protección, y, por ello, presentaban sus demandas a
los dioses y les ofrecían sus sacrificios para conseguir de ellos ayuda y
favor. Prevenirse contra el mal y asegurarse los favores divinos fueron los
principales objetivos del culto en los grados inferiores de la religión.
Pero cada dios tenía sus gustos y disposiciones
particulares, los cuales debían ser consultados. Un dios se complacía con
arroz y flores; otro prefería el olor de los carneros y los toros inmolados;
otro deseaba sangre humana. Tenían sus lugares sagrados en donde habían
hecho sus apariciones y en los que deseaban se les tributase veneración.
Tenían sus fórmulas sagradas con las que debían ser invocados. Asimismo
tenían sus sacerdotes, expertos en todos estos detalles, y a los que se les
permitía acercarse a los dioses para ofrecerles los sacrificios en nombre de
la, gente inculta y pecadora. Estas fórmulas se transmitían de generación
en generación, siendo cuidadosamente preservadas por las personas más
expertas, ya que todo su valor consistía en repetir con toda exactitud las
palabras
establecidas, o en postrarse en tal o cual forma. En la Roma pagana los
sacerdotes recitaban de memoria largas oraciones que ellos mismos no
entendían. La religión era esencialmente conservadora en cuanto a la forma
del culto; por eso todas las religiones antiguas están llenas de tradiciones
antiquísimas.
Cuando los hombres alcanzaron un grado más elevado de
desarrollo religioso desearon obtener contacto personal con la divinidad.
Llegaron a poseer cierto grado de impureza e imperfección. Entonces se les
dijo que si se bañaban en agua, o eran ungidos con aceite, o se les tocaba
con sangre hirviendo - siempre que esos ritos se realizasen, claro está
según ciertas fórmulas mágicas - quedarían sobrenaturalmente limpios y
serían santifica-dos y libertados del poder de las influencias maléficas. En
este grado los hombres experimentaban un sentido profundo de lo frágil y
perecedero que era la naturaleza humana y, por ello, anhelaban la
inmortalidad. Se les decía que si cumplían ciertos ritos misteriosos
vendrían a ser posesión de los dioses quienes, mandando en la vida futura,
les librarían de la muerte. Se les decía asimismo que la divinidad se
encarnaría en sus vidas haciéndoles inmortales. Así que, en este grado más
perfecto de religión, los hombres buscaban la expiación de sus pecados,
anhelaban ser librados de sus imperfecciones y deseaban vencer sobre la muerte
y obtener comunión directa con la divinidad. También en este grado de
religión las formas del culto eran importantísimas y si no se realizaban con
toda exactitud perdían todo su poder.
Cualquiera que conozca esta densa gama de superstición que
ha dominado a la humanidad encuentra una gran satisfacción al pasar del humo
del incienso y los sacrificios al aire y la luz en los que Jesús andaba con
su Padre. Jesús no oró porque tuviese obligación de hacerlo o porque.
necesitase conseguir algo de Dios; sino porque le gustaba orar y hablar con su
Padre. Ser un discípula de Jesús significa aprender a pensar en Dios y a
vivir en comunión con El como lo hacía Jesús, permitiendo que toda la vida
sea transformada por esa nueva fe y ese nuevo conocimiento.
Pablo comprendió a Jesús. Su lucha contra la Ley fue un
enorme esfuerzo hecho para limpiar la religión de aquellas antiguas formas
que la oprimían y dejar a los cristianos con libertad para acercarse
directamente a Dios y escuchar al Espíritu que mora en su interior. Esto se
ve claramente expuesto en el capítulo octavo de la Epístola a los Romanos y
a través de toda la Epístola a los Gálatas.
Pero las antiguas tradiciones religiosas estaban muy
arraigadas en las personas. Fue muy costoso el apartar a los cristianos
procedentes del judaísmo de sus antiguas formas de religión judía. La gente
convertida del paganismo pronto creó un sistema de ceremonias que, aunque
poseía un nombre cristiano, conservaba su espíritu pagano. El cristianismo
sólo celebraba dos actos en los que la forma tenía verdadero valor: el
Bautismo y la Cena del Señor, El primero consistía en un baño; el segundo
en una comida, Estos dos actos sencillos, pertenecientes a la vida diaria, se
utilizaban para expresar dos grandes ideas espirituales. Sin embargo, los
hombres, con sus tradiciones y mentes paganas, trataron de ver en estos actos
precisamente lo que ellos estaban buscando. El bautismo fue para ellos una
limpieza mística que borraba toda impureza y pecado; un baño mágico del que
salían las personas completamente regeneradas, con todo su pasado purificado.
Cuando leyeron las palabras «Este es mi cuerpo», «Esta es mi sangre»
creyeron que, de alguna forma misteriosa, Cristo se hallaba realmente presente
en el pan y el vino; y que cuando ellos tomaban los elementos, la divinidad se
les incorporaba y les proporcionaba el poder y la seguridad de la
inmortalidad.
Estas ideas supersticiosas se concretaron y alcanzaron gran
valor durante el transcurso de los años. Fueron adoptadas por los teólogos,
quienes las defendieron como parte esencial del cristianismo. Gradualmente se
llegó a creer que Cristo no solamente estaba presente en el sacramento, sino
que el pan y el vino se convertían en su cuerpo y sangre, los cuales eran
comidos por los creyentes, Este nuevo cuerpo de Cristo, creado mediante la
mágica fórmula pronunciada por el sacerdote, fue ofrecido de nuevo a Dios en
el sacrificio de la misa. Pronto surgió un nuevo sacerdocio, equipado con
poderes misteriosos, para consagrar los sacramentos y perdonar los pecados. Se
crearon otros sacramentos adicionales y el cristianismo tuvo sus lugares y
fórmulas sagradas, sus días santos, sus sacrificios y sus inciensos, sus
oraciones y su gran aparato litúrgico, exactamente igual a como lo tenían
las religiones paganas, a las que todavía aventajó.
Al comienzo de la Reforma hubo muchas dudas acerca de la
validez del bautismo infantil; pero el rechazarlo hubiese equivalido a aceptar
sólo iglesias de creyentes bautizados, dejando fuera de la iglesia a la gran
masa de la gente. Los reformado res retrocedieron ante un cambio tan radical,
debido, en gran parte, a razones políticas; y el bautismo infantil fue
mantenido, defendido y exaltado Esto fue un elemento extraño en el
protestantismo que ha venido ejerciendo una influencia nefasta al abrir la
puerta a otros elementos extraños en e culto, la organización y la doctrina.
Los cristianos protestantes de nuestros días no creen que
los niños sin bautizar vayan al infierno a causa del pecado original; ni
tampoco creen que el bautismo regenere. Si el niño no necesita el bautismo y
si el bautismo no le hace ningún bien, ¿para qué tienen que ser bautizados
los niños? Algunos aducen ciertas razones sentimentales para mantener tal
costumbre, sin embargo, el número de bautismo infantiles va decreciendo
constantemente. La gente está llegando a la conclusión da que es mejor dar a
sus niños la oportunidad de ser bautizados cuando el bautismo signifique algo
para ellos. Los bautistas han ayudado muchísimo en este respecto. Ellos
destruyeron la vieja levadura pagana en un principio, y el espíritu cristiano
purificado de los protestantes modernos les está dando la razón.
La vida de Jesús estuvo tan llena de religión como lleno
de canto está el ruiseñor, y llena de fragancia está la rosa; pero Jesús
nunca fue un esclavo de las formas hereditarias del culto, y ni siquiera
podemos decir que él nos enseñase unas formas nuevas y concretas. El
enseñó una oración a sus discípulos cuando éstos le pidieron que les
enseñase a orar; pero esta oración tuvo como objetivo enseñarles a orar con
sencillez. En nuestros cultos comunes nos acercaremos más al espíritu del
verdadero cristianismo si cada uno de los actos del culto es un acto sencillo
que se caracterice por estar lleno de gozo en el Señor, de amor hacia el
prójimo, de aversión hacia el mal, y de un deseo sincero de vivir una vida
recta a los ojos de Cristo.
Nuestro culto debe eliminar, tanto como sea posible, todo
deseo egoísta, toda superstición y toda idea falsa e indigna acerca de Dios.
Debe purificar nuestro concepto de la vida cristiana, mediante la educación
de nuestra naturaleza moral; debe dotar nuestra voluntad de firmes y
constantes impulsos hacia las buenas acciones; debe crear y mantener en
nosotros hábitos de reverencia y de adoración.
El que los cultos de tal o cual Iglesia bautista tengan
más o menos espiritualidad y verdadera religiosidad, es otra cuestión. Esto
depende de los hombres y mujeres que la integran, Puede ser un culto muerto y
estéril; pero aun así hay una gran ventaja en la simplicidad de tal culto,
porque esa frialdad y esterilidad no serán encubiertas y disfrazadas con la
vida prestada de una ceremonia. Un sacerdote materialista y sensual puede
cantar la misa mejor que el más grande de los santos; pero una iglesia y un
pastor bautista no pueden permanecer mucho tiempo muertos sin que la gente se
aperciba de ello y se presente así una buena oportunidad para el
arrepentimiento.
CUARTA RAZÓN:
PORQUE NO HAY OTRA NORMA DE FE Y PRACTICA
QUE LA BIBLIA.
Es de gran importancia que el individuo y la raza mantengan
la capacidad de crecer en su pensamiento religioso. De la misma forma que
sería un absurdo el que un hombre maduro no dejase las cosas de niño, sino
que pensase y hablase como niño, así también es un absurdo hacer que el
pensamiento religioso de un siglo se imponga y obligue a las personas de otros
siglos. Sin embargo, esto es lo que ha sucedido con la religión
frecuentemente.
Cuando el cristianismo fue proclamado la religión oficial
del Imperio Romano en tiempos de Constantino el Grande, los emperadores
tuvieron gran interés en que la Iglesia se mantuviese unida y no se dividiese
a causa de divergencias doctrinales. Cuando alguna cuestión doctrinal
ocasionaba disturbios, los emperadores organizaban un Concilio en el que los
Obispos decidiesen la cuestión por mayoría de votos. Sin embargo, estos
concilios fueron generalmente planeados y dirigidos, de idéntica forma a como
se planean las convenciones políticas modernas, y los resultados eran casi
siempre frutos de algún compromiso o intimidación. No obstante, cuando se
había logrado tal resultado se proclamaba como regla imperativa de la
ortodoxia. La gente creía que el Espíritu Santo que había prometido dirigir
la Iglesia por el camino de la verdad, había inspirado tales decisiones.
Los concilios generales no podían errar en sus decisiones
y éstas tenían que ser acatadas por todos los pensadores cristianos, Tales
decisiones infalibles se multiplicaron al correr de los siglos, quedando cada
una de ellas fijas alrededor del entendimiento de la Iglesia, como los aros de
hierro quedan fijos alrededor de un tonel. Es bueno que los toneles tengan
aros fijos a su alrededor, pero yo no aconsejaría que se colocasen hermosos y
apretados aros alrededor de un tierno niño.
Es imposible determinar el gran daño ocasionado al
creciente poder intelectual, moral y religioso de la humanidad por medio de
esta autoridad petrificada. Por ejemplo: La doctrina de la
transubstanciación, es decir, la creencia de que en la Cena. del Señor el
pan y el vino se transforman en la carne y en la sangre de Cristo, fue el
producto c una edad de obscuridad y superstición, cuando la educación y la
ciencia estaban en su estado rnás bajo, cuando la civilización del mundo
antiguo había sido sepultada ante la barbarie de las tribus teutónicas,
cuando la superstición crecía como los hongos en la oscuridad; entonces, y
sólo entonces fue cuando esta creencia surgió como un desafío la razón y
al sentido común. Sin embargo, la Iglesia Católica la aceptó y hoy en día
tiene que ser aceptado por los sabios católicos del mundo entero, aunque para
ello tengan que mutilar su propio entendimiento.
Es muy difícil, por no decir imposible, librar. de un
credo cuando éste ha sido ya adoptado. Los Presbiterianos han tenido que
mantener una larga lucha hasta poder ver algo modificada su estricta
Confesión de Fe de Westminster. Nosotros, los bautistas, no tenemos ningún
credo obligatorio, nuestros pastores y profesores no se les exige ninguna
declaración solemne de que adopten tal cual formulario como su regla de fe,
el cual tratarán de enseñar a los demás.
A pesar de esta libertad, los bautistas no ha estado
divagando en el campo de la teología. No han progresado en forma de zigzag,
sino siguiendo una línea recta de pensamiento. Los bautistas han insistido
constantemente en que la Biblia es su única autoridad con respecto a la fe y
a la práctica. Es verdad que hay bautistas que han usado la Biblia tal y como
otras denominaciones han usado sus credos. Han acudido a la Biblia como a un
gran credo y con ello han venido a decir prácticamente: "Es preciso que
creáis todo lo que nosotros pensamos que la Biblia dice o quiere decir".
Han tratado de imponernos su pequeña interpretación de este gran libro, como
si fuera un gran credo al que deban someterse todos los bautistas.
Afortunadamente la Biblia es completamente diferente de
cualquier credo. Un credo contiene una teología definida y concreta; mientras
que la Biblia contiene la historia de la vida religiosa y ardiente. Un credo
se dirige al entendimiento; mientras que la Biblia se dirige a todas las
facultades del alma para satisfacerlas. Un credo nos dice lo que nosotros
debemos creer; mientras que la Biblia nos dice lo que creyeron los profetas,
los apóstoles y los santos. Un credo es una filosofía religiosa; mientras
que la Biblia es una historia religiosa. Un credo presenta la verdad tal y
como ha sido concebida por un grupo de hombres en un tiempo determinado de la
historia humana; mientras que la Biblia presenta la verdad tal y como fue
apreciada por un gran número de siervos de Dios, inspirados por el Espíritu
Santo, en el transcurso de muchos siglos. Un credo impone una ley y ata el
pensamiento; mientras que la Biblia imparte un espíritu y despierta ese mismo
pensamiento, El valor de un credo consiste en su uniformidad; mientras que el
valor de la Biblia consiste precisamente, en su rica y maravillosa variedad
Cualquier colección de documentos histórico. procedentes
directamente de la vida humana, serían más útiles e instructivos en el
futuro, que la mejor pieza de literatura abstracta hecha por un. solo hombre o
por un grupo de hombres. Los mejores tratados de la antigüedad se envejecen
con una rapidez desconcertante. La naturaleza humana, por el contrario, con su
amor y su odio, su temor y su esperanza, su pecado y sus pasiones, es siempre
la misma. Lo que fue verdad en días de Ramsés II a la sombra de las
pirámides, lo es en nuestros días a la sombra de los modernos rascacielos.
He aquí porqué la Biblia sigue viva, aun cuando los credos estén ya
muertos.
¡Y qué vitalidad tan grande posee la Biblia Una nación
única y privilegiada, con un gran concepto acerca de Dios y una gran fe
puesta en El conserva los escritos de sus más grandes pensadores, de sus
profetas y sus guerreros, de sus poeta y sus historiadores religiosos,
mientras el soplo divino vibra y palpita en toda la colección. Cuando llega
el más grande de todos los hombres, e Hijo de Dios y Rey de la Humanidad, su
vida y si pensamiento son preservados en unos libros simples y sencillos. El
impulso poderoso que este Hijo de Dios da a las almas, queda reflejado en una
serie de cartas y tratados que, unidos a la antigua biblia de los judíos,
forma la nueva Biblia de lo pueblos cristianos.
Estos libros conservan la forma más pura y fresca del cristianismo. Es el
arroyo claro de la montaña antes de ser enturbiado en la llanura con la
mezcla de nuevas aguas. El Nuevo Testamento ha sido la conciencia de la
Iglesia señalando el camino recto entre los muchos caminos tortuosos. El
Nuevo Testamento sigue estimulándonos hoy en día a que, abandonando el
cristianismo tradicional, volvamos a la pura religión de Cristo. Es en el
Nuevo Testamento donde se encuentra el poder de la reforma perpetua de la
Iglesia.