Comunidad Cristiana Eben-Ezer: Estudios biblicos
Imprimir esta ventana

LA RUINA DE UN CRISTIANISMO SIN SUMO SACERDOTE.

 

El número de buscadores de señales y prodigios está en constante aumento. Sin embargo, poco se habla hoy de la necesidad de la consagración total y absoluta al Señor Jesucristo.

Las modas teológicas, litúrgicas - incluso me atrevería a decir que doctrinales- pasan y se van como vinieron. Pero el mensaje de Jesucristo a su iglesia sigue siendo una llamada a la completa consagración de nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.

El propósito del Señor al salvarnos mediante su sacrificio por nosotros en aquella cruz del Gólgota, no es sólo el perdón de nuestros pecados, sino darnos una nueva naturaleza capacitada para la vida eterna y para poder vivir la clase de vida que agrada a Dios y nos conviene a nosotros. En definitiva, Dios quiere reconstruir en nosotros su imagen y semejanza, mediante una restauración moral que el Espíritu Santo realiza en la vida de todos cuantos hemos sido rescatados de nuestra vana manera de vivir, mediante la redención por la sangre de Jesucristo.

Mediante el sacrificio, la ofrenda vicaria de Cristo Jesús por nosotros, nuestros pecados han sido perdonados, se nos ha otorgado una naturaleza nueva, nacida de lo alto, del Espíritu de Dios, y se nos ha capacitado para poder vivir en conformidad con los mandamientos y preceptos del Señor. Por eso es que no podemos ser salvos por nuestra propia justicia, sino por la justicia del Mesías, de Jesús de Nazaret, en quien Dios ha venido mediante la encarnación del Verbo, de la Palabra, que es el propio Dios, presente entre los hombres en el tabernáculo de carne del hombre Jesús.

AEn el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios... En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres... Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.@ (Juan 1:1, 4, 14).

Cuando nos entregamos completamente, sin reserva alguna, al Señor bendito, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado, y también nos capacita para vivir la vida victoriosa, por cuanto no solamente son perdonadas nuestras faltas y pecados pasados, sino que nuestra conciencia es liberada del complejo de la condenación que pendía sobre nosotros.

La importancia de esta liberación es mucho mayor de lo que aparenta. Su carencia explica la realidad de muchas vidas frustradas entre hombres y mujeres que se confiesan sinceramente cristianos y creyentes, pero en cuyas vidas no luce la luz prometida, la alegría y el gozo inherentes a la fe.

Una vida regida por el complejo de la condenación no puede ser, por muy religiosa que sea, sino una constante manera de huir de la presencia de Dios, al menos en la interioridad de la conciencia, en la profundidad del alma; para lo cual muchas formas religiosas pueden ser meras maneras de escapismo.

Por eso es que resulte tan urgente volver al reconocimiento de que la tarea fundamental del bendito Maestro durante los días en que permaneció entre nosotros en carne fue la enseñanza de cómo vivir la pureza y la santidad en nuestras vidas y en nuestros corazones. Si estamos de acuerdo en que la doctrina fundamental de Jesucristo se encuentra perfectamente resumida en el Sermón del Monte, entonces podremos concluir que la síntesis del mismo que Jesús nos da es:

ASed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.@ (Mateo 5:48).

El problema radica en que nosotros acometemos el estudio del texto de la Bienaventuranza proyectando sobre él nuestra concepción de la perfección, tan distante del sentido que para Jesús tiene semejante término. De ahí que resulte imprescindible comprender y asumir que la perfección de que el Maestro nos habla consiste en llorar con los que lloran... Dejar la soberbia por la mansedumbre... Anhelar el vivir justamente, como anhelamos la comida y la bebida cuando verdaderamente padecemos hambre y sed... Ser misericordiosos con los demás, tal y como el Señor lo es con nosotros... Procurar la limpieza de nuestros corazones para poder contemplar a Dios... Sembrar la paz en otros, como el Señor ha sembrado su paz en nuestra tierra... Sufrir la persecución del mundo, de su sistema imperante, como resultado de vivir nosotros la justicia del Reino... Y así es como Jesucristo el Señor nos dice que se es sal de la tierra y luz del mundo:

AAsí alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.@ (Mateo 5:16).

Sin la obra del Señor en nuestras vidas, nada de esto será jamás posible. Sin la gracia soberana de nuestro Señor, todo esto no pasará de ser un elevado ideal, por cuanto nuestra vieja naturaleza -el hombre sin haber nacido de Dios por la regeneración del Espíritu Santo- es pecadora, egoísta y dada a los vicios y a toda depravación. Sin embargo, la santidad es obra del Espíritu Santo en nuestra naturaleza nueva, la cual recibimos todos cuantos un día nos arrepentimos de nuestros pecados y entregamos nuestro corazón a Jesucristo, recibiéndole por la fe como nuestro único y todo-suficiente Señor y Salvador personal y eterno.

Cuando somos guiados por el Espíritu Santo, entonces no nos cansamos de hacer el bien, de obrar conforme a nuestra nueva conciencia, que es Jesucristo viviendo en nosotros; tampoco pretendemos justificarnos delante de Dios por nuestras obras buenas o meritorias, pues sabemos que todos los méritos y toda la gloria y honra son de Jesús, quien ocupó nuestro lugar de juicio y condenación en aquella cruz del Gólgota. Tampoco buscamos recompensas, puesto que sabemos que nuestra recompensa es y está en Jesucristo y sólo en él, sin esperar galardones, ni promociones en este mundo; sabiendo que el día de nuestra promoción será el gran día de Dios, en la gloriosa segunda venida de nuestro amado Salvador.

Por eso afirmamos que la santificación es fundamentalmente obra de Dios en el corazón del creyente redimido por la sangre de Cristo Jesús, y que tal obra la lleva a cabo el Señor por medio de su Santo Espíritu.

Por esto es que el cristiano espiritual, el que anda en el Espíritu -guiado por el Santo Consolador- y no por los deseos y designios de la carne, no vive contemplando los defectos y flaquezas de los demás, sino contemplando a Jesucristo:

APor tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.@ (20 Corintios 3:18).

No podemos santificarnos de otro modo. No podemos crecer en el conocimiento y en la gracia de nuestro bendito Salvador por nuestros propios medios y fuerzas. No podemos depender de nuestra religiosidad, ni de nuestra espiritualidad, por refinada y exquisita que se nos antoje, sino sólo, única y exclusivamente de lo que Dios quiere y puede hacer por nosotros en Cristo Jesús por medio del Espíritu Santo:

AMas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.@ (Romanos 6:22).

APero nosotros debemos siempre dar gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.@ (20 Tesalonicenses 2:13).

AMas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.@ (10 Corintios 1:30-31).

Si nos ponemos bajo la luz y la influencia gloriosa del Santo Espíritu del Señor, nuestro carácter comienza a experimentar una transformación que no es sino fruto del reflejo del carácter divino de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo, Dios-manifestado-en-carne. Y de ese modo es como también se manifiesta el Señor en nuestra carne. Así es como somos capacitados por el Señor para ser perfectos en nuestro ámbito, en nuestro círculo, en nuestra esfera, en nuestra humanidad.

Ahora bien, ni se trata de un cambio mágico, experimentado en nuestra pasividad, sin que nosotros realicemos lo que nos corresponde a nosotros hacer, ni existe ninguna fórmula para que nosotros, como si se tratara de una cuestión de manipular algún resorte, por cuanto la Biblia jamás nos da alternativas formularias, sino, antes bien, principios que hemos de poner en práctica, y que, paradójicamente, suelen ser despreciados por su naturaleza graciosa, por su sabor a gratuidad, siempre alejados de todo merecimiento por nuestra parte:

APor tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos EN vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.@ (Filipenses 2:12-13).

Contemplar al Señor no es, pues, algo inactivo, pasivo, estático, como suele sugerirnos el verbo Acontemplar@, sino que se trata de mantenernos ocupados en nuestra salvación; en esas salvación que se nos ha concedido por la gracia misericordiosa de nuestra amado Salvador, quien pone en nosotros el querer y el hacer, por su propia y buena voluntad soberana. Así es como el Santo Consolador imprime en nosotros el carácter de Cristo Jesús, limpiando nuestras impurezas, llevándose con su viento nuestro heno y nuestra hojarasca, para que la imagen del Hijo del Hombre se vaya conformando en nuestras conciencias.

Esa obra de santificación durará todos los días de nuestra vida; continuará durante todo el peregrinar de nuestra existencia en esta tierra. Y yo, particularmente, sin pretender hacer de ello ninguna doctrina novedosa, creo que, considerando la santidad sublime de Dios nuestro Señor, esa obra de santificación gloriosa continuará durante toda la eternidad, por cuanto el propósito final revelado por el Señor en las Sagradas Escrituras parece indicarlo así:

APorque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.@ (Romanos 8:29).

AMirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque LE VEREMOS TAL COMO ÉL ES.@ (10 Juan 3:1-2).

Por eso comenzábamos hablando de la necesidad urgente de que como personas, como familias y como congregaciones cristianas, procedamos urgentemente a la consagración completa al Señor. Necesitamos reconocer y poner en práctica nuestra necesidad de aprender cada día de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo. Él y sólo él es nuestro Maestro, nuestro único modelo, nuestro marco referencial por excelencia. Jesucristo es nuestro tema, nuestra asignatura, nuestra meta, la estatura espiritual y moral a la que hemos de apuntar nuestras vidas. Y para ese propósito nos ha sido concedido el Santo Consolador, el Espíritu de Verdad, que ha sido derramado en los corazones de cuantos hemos sido redimidos por la sangre del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo: Jesucristo el Señor.

No podemos seguir pensando del Espíritu Santo en términos históricos tan abstractos como para saber de él solamente que se trata de Ala Tercera Persona de la Santísima Trinidad@. Esa es una expresión que resuena a frío catecismo de un pretérito pasado, cuando la doctrina cristiana era sólo una asignatura obligada y vinculada a guerras inciviles y derramamientos de sangre fraterna, a oscurantismos y fe de conveniencia, como después, tristemente, hemos podido comprobar.

El Espíritu Santo es el Espíritu de Dios; es Dios derramándose en los corazones de los hombres para llevarnos mediante el arrepentimiento a los pies de Jesucristo, para recibir el perdón de los pecados y el don de la vida eterna. El Espíritu Santo es la dulcísima persona de Dios, derramándose para convencer de pecado, de justicia y de juicio, para consolar y defender; para ayudar y acompañar; para limpiar nuestras vida con su fuego purificador; para grabar la imagen de Jesucristo en nuestros corazones -entiéndase, en nuestras conciencias- y para guardar esa imagen perennemente, con amor ardiente, con el amor divino que permanece para siempre, en este mundo y en el venidero.

Ahora bien, el Maligno -(Dios le reprenda!- procurará siempre que nuestros ojos reparen en nuestros pecados y en nuestras flaquezas, en nuestras debilidades y vulnerabilidades, en vez de contemplar a Jesucristo nuestro Salvador, el autor y dador de nuestra fe. Y así, de esa manera, muchos hermanos amados miran y contemplan sus pecados y fracasos obsesivamente, extasiados, en lugar de fijar sus ojos en Cristo. Poco a poco, día a día, fracaso a fracaso y caída a caída, llegan a la autoconvicción de que sus pecados son incurables; sus defectos son permanentes, sus fragilidades son perennes, y sus vulnerabilidades eternas. El fruto pestilente de esta trampa ideada por el Malo -(El Señor le reprenda! - son vidas deprimidas, angustiadas, apagadas, de creyentes que han llegado a la conclusión de que no sirven, no valen, nunca podrán crecer en el conocimiento y en la gracia del Señor. Se sentirán hipócritas en la iglesia, dejarán de cantar y alabar al Bendito, y se irán apartando, recluyendo en su autoconmisericordia, atrapados en una fina y sutil tela de araña de factura diabólica.

El Malo -(El Señor le reprenda!- se aprovecha de lo que le permitimos realizar en nuestras vidas. Y no pudiendo robar la salvación de aquellos a quienes el Señor nos la ha concedido, se conformará con reducirnos, si se lo permitimos, a la situación infructuosa de quienes dejan de mirar a Cristo para concentrar su mirada en sus propios defectos y pecados, o para dedicarse enfermizamente a considerar las faltas de los demás, y de esa manera tratar de justificarse, hundiéndose cada día más en depresiones espirituales para las que no existe remedio en la farmacia. Así se desarrolla la tristeza, la apatía, la desidia y la abulia en muchos círculos cristianos.

Miles y miles de cristianos están plenamente convencidos de que nunca podrán vencer sus pecados, sus fallos, sus debilidades, sus fisuras, sus inconsistencias, sus incongruencias, sus vicios. No lo confesarán, pero están tristemente seguros de que el Señor perdona, pero no cambia; el Señor perdona, pero no limpia; el Señor perdona, pero no da la victoria. Su concepto del perdón va adoptando la forma de un indulto. Ese es el gran sofisma maligno en el que yacen muchos queridos hermanos: No creen que Dios es poderoso para que podamos vencer nuestros defectos y pecados. Sin embargo, la sencilla y breve carta de Judas -yo prefiero llamarle Judá, que de paso es más correcto- nos asegura en su doxología que eso no es así; que el Señor es poderoso para vencer en nosotros todos nuestros pecados y vicios:

AY AQUEL QUE ES PODEROSO PARA GUARDAROS SIN CAÍDA, Y PRESENTAROS SIN MANCHA DELANTE DE SU GLORIA CON GRAN ALEGRÍA, AL ÚNICO Y SABIO DIOS, NUESTRO SALVADOR, SEA GLORIA Y MAJESTAD, IMPERIO Y POTENCIA, AHORA Y POR TODOS LOS SIGLOS. AMÉN.@ (Judas 24-25).

Puede que el propio celo evangelizador sea el culpable de nuestra ignorancia respecto al Sumo Sacerdocio de nuestro Señor Jesucristo. Hablamos y predicamos y enseñamos y proclamamos la obra de Cristo en la cruz del Calvario. Y hacemos muy bien. También San Pablo predicaba A a Cristo crucificado.@ Pero hay mucho olvido, o cuando menos bastante descuido sobre la doctrina de la labor mediadora de nuestra bendito Salvador, a la diestra del Padre, en el Tabernáculo celestial, ante el Trono de la Gracia y de la Misericordia. Se olvida, se ignora, no se enfatiza la labor sacerdotal de nuestro Redentor en favor de su iglesia, de los redimidos. Muchos creyentes, particularmente los contempladores de sus fallos propios, jamás o raramente se acuerdan de la obra de Jesucristo abogando por ellos, por nosotros, con sus manos y pies traspasados, y las huellas de sus heridas de amor eterno, ante la Majestad en las Alturas. Frecuentemente olvidamos el alcance de las palabras del Señor a Pablo de Tarso, al decirle: ABástate mi gracia.@ No debemos, pues, acomplejarnos por las artimañas del engañador y acusador de los hermanos. Nuestros pecados no son incurables; ni nuestros defectos son eternos; ni nuestras faltas y debilidades tienen que continuar formando parte irremediablemente de nuestra vida y de nuestro comportamiento. La victoria es posible mirando a Cristo Jesús. No hay victoria contemplando nuestros pecados. No hay victoria clavando la vista en nuestros fallos. La victoria está en Jesús. Su imagen es la fuente de poder y santidad. Jesús, imagen misma de la sustancia divina, quien tiene todo el poder para reflejar su imagen en nuestras conciencias. Con la vista fija en Jesús, la obra del Espíritu Santo no cesará hasta que alcancemos la estatura que el Señor tiene para nosotros como hijos e hijas de Dios, como hermanos y hermanas menores de Jesús de Nazaret.

AY el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. FIEL ES EL QUE OS LLAMA, EL CUAL TAMBIÉN LO HARÁ.@ (10 Tesalonicenses 5:23-24).

J.Y.