Comunidad Cristiana Eben-Ezer: Estudios biblicos
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NUESTRO CULTO RACIONAL.

 

"Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta." (Romanos 12:1-2)."

El amor de Dios supera toda entendimiento, todo conocimiento. Excede y supera toda imaginación. Se eleva por encima de todas nuestras facultades. Es como si Dios saliera de sí mismo. Al fin y al cabo, eso es lo que verdaderamente significa decir que Dios existe; que Dios viene hasta nosotros, hasta nuestra humanidad en Jesucristo. Esa es la encarnación del Verbo, de la Palabra de Dios, que como nos dice el prólogo del Evangelio según San Juan, es Dios; es el Dios-Palabra que se encarna, que se revela, que se da a conocer, que sale de sí mismo y nos visita y apela y atrae a sí mismo. Es el Dios que es amor; amor que se vierte en los corazones; amor que se derrama en las vidas de los hombres, y que nos atrae magnéticamente, irresistiblemente, demostrándonos que existir es salir de uno mismo; romper las gruesas murallas que nos constriñen entre el pecho y la espalda, ensimismándonos y centrándonos en nosotros mismos, egoístamente.

Por eso se nos dice que el Verbo es Dios, y que ese Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Es decir, que Dios en Jesucristo sale de sí mismo, nos alcanza, nos atrae hacia sí mismo, nos abraza y nos llena. De ahí que el Señor nos diga en las Escrituras: "La palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía." (Isaías 55:11). El amor que es derramado en nuestras vidas desde Dios, es el propio Dios que se derrama, que se da, que se vierte. Es Dios quien no vuelve vacío a sí mismo. Él es quien lo llena todo, quien quiere ser todo en todos, para que realmente seamos. Esa es la razón del soplo original, del beso de Dios sobre el barro, sobre la arcilla adámica.

El Señor se vierte, se derrama y habita en vasos de barro, en recipientes humanos. El amor siempre busca llenar, morar, habitar, cubrir, unirse, salir de sí mismo, ser en el otro, en los otros. Por eso oímos a Jesús en su oración sacerdotal exclamar: "Yo en ellos, y tu -Padre- en mí, para que sean perfectos en unidad." (Juan 17:23).

Esa unidad nada tiene que ver con los burdos conceptos que pululan entre intereses frecuentemente inconfesables, de olor a religión-poder; tufos medievales que increíblemente han sobrevivido hasta nuestros días, como si fueran miasmas o gérmenes arropados entre los legajos amarillentos de algún rincón del alma humana. Esa unidad de Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- nos convierte a nosotros, los discípulos del Resucitado, en templos vivos, en templos vivientes de Dios en este mundo, por cuanto el Señor quiere revelarse, revelar su amor, a través de aquellos en quienes Cristo Jesús mora por el Espíritu Santo de la promesa. Dios quiere dar a conocer su verdad, y nos la da para que la vivamos; Dios quiere brillar con su luz de amor y de misericordia, y nos da esos frutos, no para adornar nuestra vida, en un exhibicionismo espiritualoide, sino para que muchos hambrientos puedan tomarlos y degustarlos y comprobar que son dulces al paladar, más que todos los sucedáneos del escaparatismo filosófico-religioso de todos los tiempos. Y la mecánica que emplea el Bendito es siempre la donación del amor que engendra amor, del perdón que gesta perdón, de la misericordia que promueve más misericordia, y así en una sucesión que no conoce limitaciones ni barreras de ninguna naturaleza. Es como una ola gigantesca que crece y crece constantemente, superando todas las cotas y niveles; que se remonta por encima de todos los obstáculos e impedimentos que surgen en su camino: Amados para amar, perdonados para perdonar, y beneficiados por la generosidad divina para ser benefactores a nuestro prójimo.

El Espíritu Santo es, pues, derramado en nuestros corazones, no en base a merecimientos, sino, sencillamente, porque es el Espíritu de amor, del Dios que es amor, y que por su propia naturaleza anhela ser intimidad, interioridad, entrañabilidad misericordiosa. Y así nos mueve a unirnos a Cristo Jesús en un abrazo de fe que tampoco tiene nada que ver con los credos y confesiones históricas, auténtica corsetería del alma; mordaza del espíritu; marmórea colección de epitafios repetitivos que nadie entiende; absurda perorata con ecos a lista de reyes godos; letanía de abstracciones sin sentido.

El amor de Dios es derramado en nuestros corazones para que nosotros también salgamos de nosotros mismos, atraídos por el amor del Eterno, atraídos con amor eterno, para entrar en el camino de un amor que está más allá de nosotros mismos, y de todas las metas que nosotros pudiéramos alcanzar con nuestras manos: El amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Para esto basta con dejar nuestro "yo" en las manos del Señor. Abandonar nuestro "yo" en sus manos. Permitir que Él viva en nuestra vida, en nuestro corazón; es decir, en nuestra conciencia. Es menester renunciar a nuestros ídolos miserables, falsos, vacíos, egoístas, corruptibles, para dejar que la vida del Resucitado fluya a través de nuestra existencia, de nuestras vivencias, de nuestra llana cotidianidad. Necesitamos llenarnos de Cristo, que es el amor del Dios-amor encarnado. Y eso equivale a llenarnos de su misericordia, de su alegría santa, de su compartir glorioso, de su renovación constante. De lo contrario, sólo nos queda la alternativa de acomodarnos a este mundo -entiéndase de este sistema- conformándonos día a día, paso a paso, al sistema de contravalores que, cual ponzoñosa red, se extiende y cubre las vidas y los corazones de los hombres, sumidos en el mercantilismo del "tanto tienes, tanto vales", y en el lupanar epicúreo del "comamos y bebamos, porque mañana moriremos."

La Iglesia de Jesucristo vive, en estos días en que nos ha correspondido existir como discípulos del Señor, una hora verdaderamente crucial en lo que a su papel se refiere. Tentada en el pasado a entrar en repugnantes maridajes con los reinos de este mundo, hoy vuelve a encontrarse en la tarima de exhibición de los esclavos, expuesta al mejor postor; buscando desesperadamente una razón para existir, para ocupar un lugar en el mundo, y, preferentemente un lugar importante, por no saber estar a ras del suelo; de ese suelo al que vino el Verbo por amor a los hombres. Y el Señor bendito, que no quiere semejante ruina para ella, su esposa, su amada, nos ofrece el único soporte de salvación; la única base sobre la que evitar el hundimiento; el exclusivo suelo fuerte sobre el que, no sólo mantenerse, sino crecer y desarrollarse, alcanzando a los hombres perdidos y angustiados en medio de la vorágine de un mundo que agoniza, que se precipita hacia la consecución de su osadía, del caminar de espaldas a Dios, creyendo que el Señor puede ser burlado. Y ese fundamento es el único que nos ha sido dado: Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios.

El camino de regreso, de retorno, de arrepentimiento, es el flujo de la misericordia divina, de la generosidad del perdón de Dios en Cristo Jesús, que no sólo es para el mundo que perece, sino también e igualmente para su pueblo, participante de todas las miserias humanas, por muy escudado y escondido que se halle tras sus dogmas y teologías trasnochadas y caducas. Sólo la misericordia divina, derramada en los corazones penitentes, puede devolvernos la gloria, el lustre, la alegría, de ser pueblo de Dios, redimidos por la sola gracia y la sola misericordia del Dios-amor.

¿Pero dónde está nuestro culto racional? Pues precisamente en ese retorno por la corriente de la misericordia divina; en la práctica de la misericordia, frente al juicio dogmático y la condena cruel; en la renovación transformadora de nuestra entendimiento de la vida, de las personas y de las cosas; en el redescubrimiento de los sentimientos compartidos y de las emociones vinculantes; en el palpitar de los corazones de los hombres, de cualesquiera procedencia que sean; en la asunción de que la propiedad de la tierra le pertenece al Señor y no a nosotros con sentido exclusivista. Así es como nuestro culto se vuelve racional, humano, cercano, cálido, entrañable, y lo que es más importante: De ese modo es como se puede comprobar la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta: Expresar el amor de Dios, que es amor, dejando que la vida de Cristo Jesús -Dios encarnado- se manifieste, se exprese, en nuestras vidas, de manera personal y única, con los rasgos de singularidad que Dios ha querido nos caractericen.

No hallaremos racionalidad a nuestro culto mientras no dejemos de andar por los torcidos caminos históricos de un cristianismo religioso paganizado, ensangrentado, tiranizado y tiranizante, atestado de vergüenzas producidas por sus patrocinadores, quienes con sus falsos fulgores apartaron del camino de Jesucristo a cuantos se dejaron atrapar por las viejas redes del engaño mundano. Por paradójico que pueda parecernos, urge más el retorno a Cristo en la Iglesia que en ningún otro foro o estamento. Es a la Iglesia a quien se le pide que abra sus puertas. Es Cristo Jesús quien se encuentra a la puerta y llama -como leemos en el texto de Apocalipsis 3:20- como si fuera un mendigo, mientras esa Iglesia, en Laodicea, se cree rica y poderosa, sin necesidad alguna, pero el Señor la contempla, desde el umbral de su destierro, desnuda y ciega, desventurada y pobre, miserable e ignorante.

Para mostrar el amor de Dios a los hombres, cometido esencial del ser de la Iglesia de Dios, hemos de abrir de par en par las puertas, permitir que Jesucristo ocupe su lugar entre nosotros, como ocupa su lugar en el tabernáculo celestial, a la diestra del Padre, como gran sumo sacerdote inmutable, que intercede por nosotros para salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por nosotros.

La entrega de nuestro ser al Señor bendito, el regreso a las fuentes originales, a los viejos caminos de la fe y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor, es la clave para reencontrar el culto racional, el sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, de nuestros cuerpos, es decir, de la realidad más sólida y tangible de nuestro ser. De lo contrario, nos conformaremos a este mundo caduco, a este sistema que lleva ya bastante tiempo tocando su techo.

Quiera el Señor, que es amplio en perdonar, rico en misericordia, y generoso en sus dones, ayudarnos con su gracia y providencia para que todos y cada uno de cuantos formamos el Cuerpo de Jesucristo procedamos a abrir francas todas las puertas para que Jesús penetre hasta lo más recóndito de nuestras casas, de nuestros templos, de nuestras moradas materiales y espirituales; para que el suave olor grato de la presencia del Santo Espíritu de Dios inunde toda la casa, y el amor de Dios sea revelado a muchos otros hombres y mujeres... incluso a nosotros mismos.

Amén.

J.Y.