Comunidad Cristiana Eben-Ezer: Estudios biblicos
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EL ADULTERIO SIN TAPUJOS NI MENTIRAS.

* Introducción:

El mandamiento divino dice: “No cometerás adulterio”. (Éxodo 20:14; Deuteronomio 5:18). En nuestros días, este pecado parece extenderse más aprisa que nunca. Los periódicos y revistas sensacionalistas, radio, televisión, Internet, y todos los medios de comunicación, junto con el cine y el teatro, no sólo colaboran en su extensión, sino que lo promueven y presentan como una opción válida. Es más, la inmensa mayoría de los personajes admirados por las masas son fornicarios y adúlteros confirmados. ( Jeremías 23:10a.)

Dos estudios recientes y fiables dan resultados más que alarmantes. Naturalmente, ambos fueron realizados en los Estados Unidos de América. Nuestra sociedad es más hipócrita y mira en otra dirección. El informe “Janus sobre Comportamiento Sexual” señala que “más de un tercio de los hombres y un cuarto de las mujeres reconocen haber tenido al menos una experiencia sexual extramatrimonial”. El segundo de los estudios es la encuesta realizada por el “Centro de Investigación de la Opinión Nacional ”, de la Universidad de Chicago, en el cual los resultados fueron bastante parecidos.

Si alguna vez hemos pensado que esto debe ocurrir entre los no cristianos, pero no es posible que tales cifras puedan darse dentro de las iglesias evangélicas, estamos completamente equivocados. Es verdad que las normas morales que enseñamos son efectivamente más elevadas, y consecuentemente los porcentajes son más bajos, pero las investigaciones son igualmente alarmantes. En un número de la revista “Newsweek” del año 1997 se publicó el resultado de una encuesta en la que se mostraba que el 30 por ciento de los ministros protestantes varones habían mantenido relaciones sexuales con mujeres fuera de su matrimonio. La revista “Christianity Today” hizo una encuesta entre pastores y el resultado fue que el 12 por ciento de los consultados (mil) reconocieron haber mantenido relaciones sexuales con una mujer que no era la suya. Cuando la encuesta se extendió a un número igual de laicos subscriptores de la revista, los resultados hallados fueron aproximadamente del doble de casos.

El “Journal of Pastoral Care”, en el año 1993, publicó una encuesta realizada entre pastores bautistas del sur, en la que el 14 por ciento reconocía haber participado en “alguna conducta impropia de un ministro cristiano”. También señalaba dicha encuesta que el 70 por ciento de los pastores había aconsejado al menos a una mujer que había mantenido relaciones sexuales con otro ministro.

En el año 1988, una encuesta realizada por la revista “Leadership” entre mil pastores dio por resultado que el 12 por ciento de los consultados habían tenido alguna relación sexual fuera de su matrimonio, y que el 23 por ciento de ellos había realizado algún acto impropio de un ministro cristiano.

La infidelidad marital destruye millones de matrimonios y familias, y es la primera causa de divorcio. Pero, a pesar de que las consecuencias del adulterio son devastadoras,

Nuestra sociedad sigue aceptando los mitos que lo rodean, admirando realmente a quienes lo practican. La hipocresía de nuestra sociedad se manifiesta en este asunto muy claramente. Salvando las distancias, es muy semejante al tema de los programas “basura” de la televisión, respecto a los cuales la mayoría de quienes manifiestan despreciarlos son realmente espectadores asiduos.

 

* Mitos y Realidades:

¿Cuáles son los principales mitos respecto al adulterio? El primero de ellos es que el adulterio tiene que ver principalmente con el atractivo sexo. Las parejas de las aventuras adúlteras no suelen escogerse por su atractivo, sino por satisfacer necesidades que el cónyuge no satisface, principalmente el compañerismo, la comunicación y los vínculos emocionales. Esto ocurre incluso entre quienes mantienen convicciones morales o religiosas muy fuertes. Son las áreas emocionales no atendidas las que crean el vacío peligroso en la vida de la persona. (Harley, Willard, “His needs, Her needs: Building an Affair-Proof Marriage”).

El Dr. Frank Pittman encontró en su propio estudio personal del tema que muchos de sus pacioentes que mantenían aventuras amorosas mantenían una sana vida sexual con sus cónyuges, pero no gozaban de in timidad, cariño, ternura, comunicación y demás vínculos emocionales. Su conclusión es muy significativa: “Las aventuras tienen una probabilidad de darse tres veces mayor de ser la búsqueda de un “compinche” que de un mejor orgasmo” (Pittman, Frank, “Privarte Lies: Infidelity and the Betrayal of Intimacy.)

Otro de los mitos más extendidos es la creencia en que el adulterio tiene relación con el carácter de las personas. Esto se asemeja bastante al asunto de los alcohólicos, quienes eran tenidos antiguamente por personas de muy débil carácter, lo que les impedía tener dominio propio ante la bebida. Sin embargo, hoy todos sabemos que se trata de una enfermedad adictiva que, si bien no justifica su comportamiento, requiere un tratamiento específico de auto-ayuda y terapia grupal; pero, en ninguno de los casos es atribuible a mera debilidad de carácter, si bien es también cierto que no todos los borrachos son alcohólicos, sino que muchos llegan a serlo por su indulgencia con la bebida.

Del mismo modo que el divorcio influye familiarmente en la consideración del divorcio por parte de los hijos, cuando éstos lleguen a la edad adulta –la estadística al respecto es contundente—existen hoy evidencias psicológicas crecientes respecto al hecho de que el comportamiento adúltero de los padres influye también en los hijos. Esto confirma la olvidada enseñanza bíblica de que los pecados de una generación pasan de alguna manera a la siguiente, a menos, claro está, que haya arrepentimiento y fe obediente. (Éxodo 20:5-6; Deuteronomio 5:9-10.)

Otro mito muy extendido es que el adulterio es realmente inofensivo. Bastantes publicaciones de divulgación psicológica barata presentan la infidelidad matrimonial –naturalmente, con nomenclatura suavizada, mediante expresiones tales como “flirteo, aventura, affair, etc.— como positiva. Una “aventurilla” –eso sí, procurando que no produzca demasiado arraigo— servirá para mitigar los efectos de las “crisis de los cuarenta o de los cincuenta”, devolverá alegría perdida, aportará más emoción al matrimonio, y nos convertirá en mejores amantes.

Mucha responsabilidad de este mito recae sobre la industria cinematográfica y televisiva. El número de películas recientes que muestran el adulterio como una terapia para revitalizar al matrimonio y acabar con el aburrimiento y la monotonía, es bastante importante. (“El paciente inglés”; “Los Puentes de Madison”; “El Príncipe de las Mareas”, entre muchas otras). De lo que se trata es de suavizar el hecho, relativizar el pecado y la conducta moral, y mediante todo tipo de eufemismos propagandísticos, reducir la importancia del incumplimiento del mandamiento divino a simple opción de conducta o participación en juegos o actividades lúdicas inofensivas, tales como ir al fútbol o al cine. En definitiva, el engaño y la mentira se dulcifican hasta convertirse en lo que vulgarmente nuestra sociedad denomina “morbo”. Pittman afirma que “la infidelidad no radica necesariamente en el acto sexual propiamente dicho, sino en el secreto y el engaño… No se trata de con quién te acuestas, sino de a quién mientes o de quién te vengas.” (op. cit.)

Naturalmente, lo que se oculta es que esa aventura ocasional puede transmitir una enfermedad sexual, acarrear inestabilidad al matrimonio, y terminar en divorcio y sufrimiento de inocentes.

 

* ¿Qué dicen las Sagradas Escrituras?

La Santa Biblia afirma que “el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace.” (Proverbios 6:32).

Nuestro Señor Jesucristo nos enseña de dónde proviene el adulterio: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre.” (Mateo 15:19-20a).

El apóstol Pablo afirma que el adulterio es una de las obras de la carne, es decir, de la vieja naturaleza adámica que está presente en todos nosotros: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os le he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” (Gálatas 5:19-21).

Escribiendo a los Corintios, el apóstol Pablo añade: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.” (1ª Corintios 6:9-10).

Y el autor de la Epístola a los Hebreos ordena que “honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios.” (Hebreos 13:4).

La enseñanza de nuestro Señor Jesucristo respecto al adulterio y su efecto sobre el matrimonio se encuentra en los Evangelios:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, déle carta de divorcio. Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.” (Mateo 5:27-32 Mateo 19:1-12; 1ª Corintios 7:1-17, 27-28, 39.)

Ahora bien, por encima de toda la ley está la gracia soberana del Señor y el mandamiento supremo del amor y del perdón:

“Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.” (Juan 8:3-6).

Los escribas y fariseos ya están mintiéndole a Jesús, pues procuran tenderle una trampa, ya que lo ordenado en la ley no es precisamente así, sino que el mandamiento comprende a los dos, y no sólo a la mujer:

“Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos.” (Levítico 20:10).

“Si fuere sorprendido alguno acostado con una mujer casada con marido, ambos morirán, el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer también; así quitarás el mal de Israel.” (Deuteronomio 22:22).

Prosigue la escena de los escribas y fariseos que presentan a la mujer sorprendida en el acto del adulterio:

“Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” (Juan 8:7-11).

Por eso el apóstol Pablo, escribiendo a los Corintios, y, como veíamos antes, describiendo cómo había sido la vida de muchos de ellos –fornicarios, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, maldicientes y estafadores— ahora que han entregado sus vidas a Jesucristo, les dice:

“Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1ª Corintios 6:11).

 

* Terapia Preventiva:

Descubrir las necesidades del otro es la clave para el éxito en la vida matrimonial y familiar. Por consiguiente, aquí radica la clave para la terapia preventiva frente al adulterio.

¿Cuáles son las necesidades básicas de toda pareja? En realidad, vamos a considerar las necesidades fundamentales de todo ser humano, fuera y dentro del matrimonio; si bien es cierto que algunas de estas necesidades resultan más básicas y prioritarias dentro de la relación matrimonial.

La primera de ellas es el afecto. Vulgarmente lo llamamos “cariño”. Es difícil definirlo. Pero todos sabemos o intuimos que el cariño es absolutamente imprescindible para todo, sea una comida sofisticada o un huevo frito, para el desempeño de nuestra profesión o para escoger un regalo. El cariño es el ingrediente invisible pero al mismo tiempo presente en toda relación amorosa.

El cariño puede demostrarse de muchas maneras: Besos, caricias, palabras, gestos, miradas comprensivas, flores, masajes en la espalda. Hay mil maneras personales de mostrar el cariño… Esa tuya es la más importante. Sin cariño, el sexo se reduce a “mis glándulas te necesitan”. De ahí que la relación sexual pueda degradarse hasta convertirse en mero comercio de cuerpos, con o sin “Libro de Familia”.

El verdadero cariño se manifiesta también en la admiración. La vida se vuelve muy falta de brillo cuando no hay expresiones de admiración. En la fotografía, lo opuesto al “brillo” es el “mate”. Y podemos estar seguros de que no hay nada que “mate” tanto la alegría de la vida como la ausencia de expresiones de admiración y reconocimiento del otro, de sus logros, de sus éxitos. La admiración es un gran motivador para todos los seres humanos. Realmente, la vida no es posible, reduciéndose a mera supervivencia, cuando faltan las expresiones y los gestos de admiración.

El cariño debe de ser parte importante en el acicate del arreglo personal, frente al abandono estético en que caen muchas parejas después de haber entrado en la vida matrimonial.

La conversación es otra de las necesidades básicas. No es conversación cuando sólo uno habla. La verdadera conversación es plática de doble dirección. La conversación es un eficaz camino abierto al corazón y expresión afortunada de compañerismo creativo. La conversación es compañía. No es bueno que el hombre esté solo. (Génesis 2:18.)

La tercera necesidad fundamental es la sinceridad y su expresión, es decir, la franqueza. No podemos establecer ninguna relación sólida, y no sólo en el matrimonio sino en todas las demás avenidas de la vida, si faltan la sinceridad y la franqueza. La paz y la tranquilidad sólo son posibles en una atmósfera de sincera franqueza.

El compromiso económico es también importante en la relación familiar. La dieta de “pan y cebolla” es muy incompleta. Puede servir para un tiempo, pero pronto hemos de procurar ampliarla y enriquecerla. Este compromiso comprende y abarca a toda la familia. Recordemos que “casarse” es “hacer casa”. Ser proveedores es parte integrante de la felicidad conyugal.

Cuando estas necesidades fundamentales faltan en la vida matrimonial, es evidente que los cónyuges son proclives al adulterio. Por consiguiente, el robustecimiento de estas áreas fortalecerá toda relación matrimonial y familiar.

 

* Conclusión:

A pesar de todo lo dicho, y aunque estadísticamente es constatable que la inmensa mayoría de los adulterios terminan antes o después en divorcio, esto no tiene por qué ser así. Un porcentaje muy elevado de parejas que han sufrido de adulterio, por una o por ambas partes, logran superar su crisis y permanecer juntos mediante el oportuno asesoramiento.

Es evidente que se requieren inmensas dosis de oración, perdón y restauración, pero es igualmente otro mito más aquello de que necesariamente el adulterio haya de terminar en un divorcio. La Sagrada Escritura afirma que “el amor cubrirá multitud de pecados.” (Santiago 5:20; 1ª Pedro 4:8).

Pr. Joaquín Yebra.

Enero de 2006.